RELATOS DE VIDA
Había amanecido con el alma y el cuerpo lleno de esperanza, ante cada pensamiento negativo se convencía que sería un gran día, y que además significaría el comienzo de una nueva vida, una en la que la calma y la paz estarían presentes en todos los instantes.
Se aferraba a ese pensamiento porque había leído que el cosquilleo en las palmas de las manos representaban la llegada de abundancia, y era esa abundancia la que necesitaba para liberarse de todos los pesares que desde hacía bastante tiempo cargaba en sus hombros.
Todas las actividades del día las realizó con más alegría y energía de lo acostumbrado, la esperanza se presentaba en el brillo de sus ojos y en el ánimo desbordado con el afán de compartir su emoción sin expresarlo con palabras.
Las emociones comenzaron a cambiar cuando se acercaba la hora para recibir la llamada que tanto esperaba desde hace una semana, aquella en la que otorgaban una oportunidad para solventar los gastos imprevistos y venideros que le aquejaban la mente.
El nerviosismo, la impaciencia y la ansiedad invadía su cuerpo y sus pensamientos con cada segundo que pasaba hasta la hora acordada, que también pasó de largo porque jamás llegó.
Se preguntaba si había entendido mal las indicaciones, revisó los mensajes previos, analizó cada palabra y corroboró los documentos que previamente firmó; llamó y envió textos de manera constante, casi frenéticos, pero no obtuvo respuesta.
Las recriminaciones hacia él por haber sido tan ingenuo inundaron su alma y por momentos las quejas para el creador por no ayudarlo aparecían eliminando la poca fé que trataba de mantener, porque reconocía que el único culpable era él.
Entre la desesperación y el coraje creyó que la única solución era dejar de vivir, solo así dejaría de cargar con tanto en su espalda, y la idea persistió por las horas que le restaban al día y de camino a su casa en donde se obligaba a buscar otras opciones.
Fue en ese trayecto cuando recibió una llamada, un amigo inesperado a quien le narró la situación con llanto y desesperación, y quién le ofreció varias alternativas, pero sobre todo una luz de esperanza.
Con un poco más de tranquilidad analizó las opciones teniendo el acompañamiento del llamante inesperado, se pidió disculpas por la crítica tan dura, también al creador por tratar de aventarle la culpa y por los pensamientos descabellados.
Inhaló profundamente, calmó su angustia y comenzó a trabajar cada una de las propuestas ofrecidas, al final simplemente fue un día malo y la vida seguía debía vivirla plenamente, con altas y bajas.




