LA RULETA
Por: CELESTE VÁZQUEZ RESÉNDIZ
Era normal que Ximena desapareciera algunos días. Tenía la costumbre de apagar su teléfono y alejarse del mundo; era su forma de darse espacio. Pero, en esta ocasión, algo era distinto: habían pasado más días de lo común.
Nacho y Cleo aún tenían croquetas. Su cuerpo fue encontrado a un lado de la cama. Había vómito en el piso, un cigarro de marihuana en el buró y un envase de refresco sin terminar en cada uno de los burós: una Manzanita y una Fanta sin azúcar. Debajo de la cama encontraron un preservativo roto. Vestía un camisón negro y tenía marcas en el cuerpo.
Había llamadas de varios números desconocidos y una lista de números bloqueados; entre ellos: David y José Antonio.
La puerta de la calle estaba cerrada, pero la de su casa no. Eso permitió que el olor saliera y que sus vecinas avisaran a su hermano, quien brincó la barda en cuestión de segundos, desesperado. Fueron sus gritos los que dieron aviso de que Ximena había muerto. No quiso tocar nada. Llegó el SEMEFO. Las llaves de la camioneta no estaban y nunca se encontraron.
El baño aún olía a cloro. Levantaron su cuerpo después de varias horas, colocaron la cinta amarilla y entregaron el teléfono a su hermanastra, aquella a quien Ximena le había enviado su ubicación por una extraña razón que todavía no declara.
En el velorio, la lista de sospechosos creció. Había una conversación archivada de Armando, quien había aceptado que la agredió en diciembre. Algunos hombres llevaban una rosa negra, causando sorpresa. Su mejor amigo les contó que ella siempre les decía a sus amores que llevaran una rosa negra cuando muriera.
Sus padres estaban desconsolados y pidieron que no abrieran el ataúd. Una de sus últimas voluntades era que se proyectara un video. Pensamos que quizá ahí habría más pistas. Comenzó con una serie de fotos de ella con todos nosotros, incluso con quien ya no era su amiga. Contó historias chuscas de su vida, pero se detuvo de un momento a otro. El final había sido borrado.
Siguieron llegando personas, incluso aquellos a quienes tenía años sin ver. Todo sucedía al mismo tiempo. En su casa había distintos tipos de colillas, En el cesto del baño había papeles con restos de semen distintos a los del preservativo. Mientras tanto, seguían llegando los mensajes de su amigo forense.
Se pensó que había sido una sobredosis, pero sus niveles no mostraban una cantidad elevada de sustancias en la sangre.
David llegó llorando a la funeraria. La había visto el domingo de la semana anterior, después de tres meses sin verse. Había sido una historia de muchos años, hasta que ella se despidió de él mediante un mensaje. Ese fin de semana, él había impartido un curso en línea, del viernes al domingo. Tenía testigos que confirmaban que no había salido de su casa. Un sospechoso menos.
Sus amigos se reunieron en la cafetería. Empezaron a armar las historias con lo poco que sabían y con lo que había en el teléfono.
El viernes había enviado su ubicación: estaba en “La lluvia de estrellas” con Adair. Él solo era un cuate a quien también tenía más de seis meses sin ver. La hermanastra contó que Ximena solo había dicho que uno más le daba ejemplos: si alguien tiene antojo de comer una torta de pollo rostizado, con mayonesa, chiles en vinagre y una Coca-Cola de vidrio bien fría, ¿por qué no podría tener sexo con ella si era más o menos lo mismo? Ella solo dijo: “Se me antojó más la torta que él”. Lo dejó en su parada de autobús y se fue a casa, sin acceder a sus peticiones.
Unos días antes había dicho que estaría en su casa y que recibiría una visita. Patricio, el ex de una de sus mejores amigas de la universidad, a quien llevaba años sin ver, la había invitado a tomar un café. Voltearon a verlo: estaba ahí, con gafas, un vaso desechable lleno de café y una rosa negra. Su hermanastra dijo: “Él es el del condón roto”.
Después entró un hombre de cabello blanco y barba, un “oso”, como ella les decía. Nadie lo conocía, hasta que se percataron de que no lloraba, no saludaba a nadie y no llevaba una rosa negra. Solo dejó su ramo y se fue.
Su psicólogo le había dejado la tarea de hacer nuevos amigos. Había conocido a dos: un “codo” y un “mamón”, como ella les decía. A uno le dolía invitarle un helado, y el mamón presumía tener mucho dinero y un puesto en la política, sin saber quién era Ximena. Las incógnitas seguían. Al final del sepelio, mucha gente aún preguntaba de qué había muerto y qué había pasado.
El libro de Ximena estaba terminado, a punto de publicarse, y había iniciado una clínica contra la violencia. Había todo tipo de personajes en la sala de la funeraria , incluso familiares con quienes ya no hablaba. Porque algo sí tenía: si alguien le hacía daño o dejaba de hablarle, ella nunca más regresaba a esa relación. Así se había alejado de varias amistades.
Ahora solo yo tenía su celular, después de convencer a su hermanastra de dármelo. Ximena tenía semanas de embarazo. Había una prueba en la basura de la cocina que confirmaba que ella lo sabía. No hubo necesidad de prueba de ADN, basto con la declaración de él, nervioso y triste, dijo que la conocía desde hacía años; había dejado de verla porque una noche de copas él la besó y ella se lo contó a su mejor amiga, quien era la pareja de él. Se volvieron a encontrar en una red social y así iniciaron una nueva historia.
Nadie se negó a testificar. Ximena podía invitarte a su casa simplemente a ver una película o a comer, tal como expuso Oscar, ese hombre de barba blanca que llegó al funeral. Todos teníamos una buena imagen de ella, menos la persona que le quitó la vida.
Pensaron que había sido por mal de amores, que se trataba de alguien a quien ella rechazó o a quien le puso un límite, o incluso de aquel a quien demandó por violentarla. No fue así.
Fue alguien a quien ella le tenía cariño, a quien cuidó, a quien sostuvo de la mano en una clínica clandestina, a quien le guardó sus más grandes secretos. Solo quienes nos quedamos al final la vimos llegar. Ahí fue donde supimos que había sido esa persona.
¿Tú lo sabes?
CELESTE VÁZQUEZ RESÉNDIZ. MAESTRA EN PSICOTERAPIA HUMANISTA, LICENCIADA EN PSICOLOGÍA ORGANIZACIONAL Y ESPECIALISTA EN PSICOTERAPIA EXISTENCIAL, CON MÁS DE 15 AÑOS DE EXPERIENCIA. DIRECTORA DE LA ASOCIACIÓN CIVIL “VOY TRASCENDIENDO” Y FUNDADORA DEL GRUPO PSICOTERAPÉUTICO DE MUJERES. ES CAPACITADORA Y CONFERENCISTA. SU FILOSOFÍA: “SOLO BASTA UNO PARA HACER LA DIFERENCIA”.


