LA RULETA
Por: Martin Hernández
La nana fue al cuarto del niño. Tuvo un mal presentimiento. Sabía muy bien que, en estos días de noviembre, las almas perdidas rondaban las casas: espíritus desamparados a los que sus familiares no habían dedicado una ofrenda. Y justo ahí, se encontraba una de ellas, queriéndose llevar al pequeño y provocándole sueños terribles.
El niño estaba en su cama retorciéndose, atrapado en una pesadilla. La nana trató de despertar al niño, pero sabía perfectamente que si no hacía algo pronto para alejar aquella alma, algo terrible le pasaría al pequeño. En cuanto el niño despertó, una figura bajo un velo negro, salió del cuarto atravesando la ventana.
El niño comenzó a llorar y abrazó a su nana con todas sus fuerzas.
—Otra vez tuve el mismo sueño, nana —sollozó—. Pero esta vez era más feo. Ya no solo eran hombres blancos con armadura. Había muchas cosas extrañas: globos, un señor montado en un caballo, señores con trajes y mujeres muy elegantes. También vi a personas de nuestro color, nana, igualitas a ti y a mí, y un gendarme las empujaba. Y luego… una figura que no sé qué era, me agarraba de la mano y quiso llevarme.
—No tenga miedo, niño Diego. Yo voy a proteger a su merced —respondió la nana, abrazándolo con ternura y dándole un beso en la frente.
Al día siguiente, dos de noviembre, la nana se preparó en la penumbra. Estaba aterrorizada; temía con el alma que el niño corriera la misma fatídica suerte que su hermano gemelo. Al dar las doce de la noche, el niño empezó a llorar, a patalear y a gritar con desesperación en medio de su sueño. Una figura oscura apareció atravesando la ventana y descubrió por un instante su rostro: era un esqueleto descarnado y sin piel.
La entidad se abalanzó sobre el pequeño. La nana se arrodilló y rompió a cantar en su lengua nativa. Había recurrido a saberes prehispánicos muy antiguos: rezos y conjuros sagrados que solo se utilizaban cuando el espíritu que acechaba era demasiado malvado.
El esqueleto quedo paralizado en el aire, y con una voz cavernosa que sonó igual al crujido de unos huesos rozándose entre sí, dijo:
—No me llevaré a tu niño… pero exijo algo a cambio. Quiero que todos me conozcan. Quiero que todos me vean. He escudriñado la mente del pequeño y sé perfectamente que él posee el poder de inmortalizarme.
La nana, con tal de salvar la vida del niño, le hizo la promesa de que, en cuanto el pequeño creciera, cumpliría su demanda. Sin embargo, la nana no confiaba en aquel ser macabro. Para proteger al niño de cualquier traición del más allá, introdujo un sapo vivo en una pequeña bolsa de tela y una serpiente en otra como parte de sus amuletos, invocando la fuerza vital de esos seres para alejar todo mal.
Décadas después, aquel niño se había convertido en uno de los mejores artistas plásticos de su país. Un renombrado arquitecto le había encargado la realización de un imponente mural para decorar el comedor de un lujoso hotel en el centro de la capital. Entonces, guiado por un instinto profundo, por las visiones de su infancia y por la promesa que le había hecho a su nana Antonia, retrató a la Muerte. Tomó prestada la estética de los grabados de un célebre ilustrador, que había sido su mentor, y fue así como inmortalizó a aquel esqueleto de sus pesadillas en el centro exacto de su gran obra, rodeada de forma majestuosa por toda la historia de su nación.
Martín Hernández. Arquitecto de profesión, nacido en la Ciudad de México en el año de 1985. Ha publicado en la revista digital De Gatos Garabatos. Le apasiona leer y, de vez en cuando, escribir algún relato. No se considera escritor, sino un lector ferviente de cuentos.


