LAGUNA DE VOCES
Cada vez que regresaba de la ciudad, sabía que era otra persona, con otra historia que siempre debía guardar en la memoria, para que un día no lejano, pudiera volver a armar el rompecabezas que siempre había sido su vida. Y no, de ninguna manera hablaba de asuntos de la mente, o que se hubiera fragmentado en diversas personalidades. Era más simple: sucedía justo cuando el automóvil tomaba un puente que desembocaba al tramo final de la autopista, antes de dar vuelta a la derecha cuando entraba a la zona urbana. Después recordó que era una luz blanca que lo dejaba lampareado por unos segundos, en que podía mirarse cuando caminaba lentamente hacia un lugar, que en ese momento nunca identificó con nada que hubiera visto. No, tampoco era que unos extraterrestres hubieran tenido a bien secuestrarlo, porque por estos rumbos difícilmente aterrizan naves de otros planetas. Simplemente creía verse a sí mismo, pero después desechaba esa teoría por absurda y tonta.
Pero lo cierto es que dejaba de ser el de siempre, y pasaba horas y horas con la vista fija en un punto del cielo, para luego quedarse dormido, como si fuera presa de un ataque cataléptico, porque muchos juraron que dejaba de respirar, que su cara se ponía más pálida que de costumbre y no daba signo alguno de que su corazón latiera.
Así que una ambulancia era la mejor forma de evita multas de tránsito, y además que comprendía con absoluta sinceridad, había dejado de ser un conductor confiable y, por el contrario, de los peores, incluso más que los choferes de las colectivas, que buscaban morirse seguramente por el odio que tenían a su trabajo.
Sin embargo, se daba cuenta que perdía una parte de él mismo, y al paso que llevaba, cualquier día lo iban a declarar como pérdida total, término que le llamó poderosamente la atención, porque en una de esas resultaba que era el modelo más moderno de la robótica, esa que arrancó con furia en el 2026 con modelos para todos los gustos y usos. Empezó a reírse de las locuras que pensaba, pero algo de esa extrañeza por un tema tan absurdo, se le quedó guardado, sin alcanzar a entender por qué.
Empezó a recordar la primera vez que llegó a esta ciudad, en ese entonces una especie de pueblo grande, feo, sin otro atractivo que su frío que calaba con ganas. Era otro el camino, no existía el puente que ahora lo ponía nervioso, pero podría jurar que casi en el mismo kilómetro, esa ocasión sintió un retintineo en la cabeza, una especie de alerta que la asustó, y que después se convirtió en el aviso rutinario cuando dejaba de ser el que siempre había sido. Tampoco es que fuera una constante, pero al menos cada tres meses sí le ocurría.
Manejar le resultó tan fácil, que se sorprendió de ir y regresar a la capital por lo menos dos veces a la semana, en ese entonces cuando eran unos cuantos los que viajaban, y hasta los autobuses iban medio vacíos. Pero se acordaba y le alcanzaba para comprender que con los años entendía un poco más las nostalgias de los viejos.
Es decir que no se sentía viejo, y aunque a veces le decían que se veía igual, como si el tiempo no pasara por su existencia, nunca puso atención, porque es la forma más fácil y constante que los seres humanos tienen para decirse unos a otros, que están en el mismo camino, y que tarde o temprano se irán, sin saber a dónde ni cómo.
Hasta que la semana pasada entroncó con ese puente, y sus manos empezaron a temblarle en el volante, y clarito vio en el espejo retrovisor que uno ojo le brincaba con inusitada rapidez, con enojo o tal vez con miedo.
Pudo detenerse a unos 200 metros, casi pegado al restaurante donde venden las costillas cocinadas en un tambo, y que nunca fueron igualadas en lugar alguno. Se acordó que eso había sido mucho tiempo atrás, antes que la modernidad acabara con todo, “hasta conmigo”, alcanzó a decir antes de quedarse dormido, y antes que una especie de patrulla muy moderna lo conectara a una computadora portátil para hacerle el “reseteo” de todo el programa que la daba vida aparente, y era la única forma de acabar con el virus que dejó demente al pobre robot que deseaba ser humano, que se sentía humano, pero que siempre fue una máquina.
Mil gracias, hasta mañana.




