No basta la buena voluntad, para recuperar el significado de la humanidad 

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RETRATOS HABLADOS

No son pocas las veces en que decidimos creer que toda la problemática económica, política y social que se vive en nuestro país, puede arreglarse con la “buena voluntad” de sus habitantes, bajo el argumento de que “los buenos son más que los malos”, pero la realidad es que no es así, que aunque tal vez los endemoniados no se comparan con quienes proceden bajo la guía de la bondad, sí en cambio son los que tienen en sus manos los recursos económicos, el manejo del asunto político y la capacidad de adquirir la voluntad de toda una sociedad.

Héctor Abad Faciolince, escritor colombiano, describe con acierto esta situación en su novela-historia familiar “El olvido que seremos”, en la página 194 de su texto: “una confianza optimista muy marcada en la bondad de fondo de los seres humanos, si no está atemperada por el escepticismo de quien conoce más en profundidad las mezquindades ineludibles que se esconde en la naturaleza humana, lleva a pensar que es posible edificar el paraíso en la tierra, con la “buena voluntad” de la inmensa mayoría. Y esos reformadores a ultranza, Savonarolas, Brunos, Robespierres, pueden llegar a ser personas que hacen, a su pesar, más mal que bien”.

Sin embargo, pese a ese aparente pesimismo que en términos concretos no llevaría a ninguna parte, el autor destaca la figura de su padre, el médico Héctor Abad Gómez, uno de los denunciantes más intensos en contra de grupos paramilitares desde el Comité para la defensa de los Derechos Humanos de Antioquía, asesinado por dos sicarios el 25 de agosto de 1987.

“Debemos trabajar para el presente y para el futuro, y esto nos traerá mayor gozo que el simple disfrute de los bienes materiales. Saber que estamos contribuyendo a hacer un mundo mejor debe ser la máxima de las aspiraciones humanas”, pensaba el médico victimado en un país convulso, copado por el narcotráfico.

Así que murió asesinado, en un algo que estaba previsto con antelación por la enorme cantidad de amenazas que recibía a diario, en un país donde lo más nocivo para la salud de los humanos, “aquí no era ni el hambre ni las diarreas ni la malaria ni los virus ni las bacterias ni el cáncer ni las enfermedades respiratorias o cardiovasculares. El peor agente nocivo, el que más muertes ocasionaba entre los ciudadanos del país, eran los otros seres humanos. Y esta pestilencia, a mediados de los años ochenta, tenía la cara típica de la violencia política”, sostiene Abad Faciolince.

Y este proceso de “normalización” de la violencia, del asesinato, es lo que hoy vivimos en México, tal vez incluso lo hemos superado, porque cada día que pasa, descubrimos que el dolor padecido por miles de madres y padres, por la desaparición de sus hijos, se ha expandido a los que, para fortuna de ellos, no han vivido un caso tan imposible de asimilar.

Así que llegamos a esa dramática conclusión del autor, “cuando uno lleva por dentro una tristeza sin límites morirse ya no es grave”.

Por supuesto que es así. Por supuesto que las madres que no se cansan de buscar a sus hijos han dejado de ver como un asunto de preocupación, que puedan ser también asesinadas, como de hecho ha ocurrido. Por supuesto también, que la búsqueda ya no de sus hijos con vida, sino de sus cuerpos para darles sepultura, nos habla de una sociedad que debe recuperar la capacidad de indignación, de asombro, de humanidad.

La novela autobiográfica del escritor colombiano, debe llevarnos a ese profundo acto de contrición, de que no es posible, simplemente no puede serlo, mantenernos en la idea de que “en cuanto a mí no me toque”, luego entonces no hay problema.

Sí lo hay, y más allá de que un partido pierda el poder para que otro lo gane, es deber de cada uno, ganar de nuevo la calidad de ser humano y entender las palabras del médico colombiano asesinado, y de que la buena voluntad ya no es suficiente, aunque sí, tal vez, el principio de un movimiento mayor, que arranque de las manos de indeseables, el presente y el futuro del país.

Mil gracias, hasta mañana.

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