Ito

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Memento

“Me creaste un mito y ahora yo te toco el pito, y tu cuerpito baila al ritmo de mi tamborcito Ito ito bonito”
Ito ito bonito – Elvis Crespo

El diminutivo “ito” viene del latín vulgar ittus. En latín había varios sufijos diminutivos: ulus de donde salió uelo, como en polluelo; illus que terminó en illo, como castillo; inus como aquel antiguo “pequenino” que hoy suena arcaico. Pero el que terminó dominando en español fue ito. Y no solo por indicar pequeñez. Desde su origen cargaba también un matiz afectivo. El desplazamiento del tamaño al afecto ya estaba sembrado. 

El español heredó el sufijo, pero en México se expandió emocionalmente, se volvió casi una filosofía social. No lo inventamos, lo heredamos, lo asimilamos e hicimos muy, muy nuestro.

El mexicano usa el diminutivo por ternura, y también por estrategia social. Porque el diminutivo no solo reduce tamaño, reduce fricción: “Un momentito” puede significar: no te estoy imponiendo espera. “Un favorcito” en lugar de decir: no quiero parecer abusivo. “Ahorita” suena a la suspensión elegante y misteriosa del tiempo (pues puede durar un instante o una eternidad). Lingüísticamente esto se llama atenuación pragmática. No describe la cosa, describe la relación entre hablantes.

El diminutivo en México no empequeñece el mundo. Lo vuelve negociable. El “ito” no habla del objeto. Habla del vínculo. Reducimos la palabra para expandir la cercanía.

En México usamos el diminutivo incluso con figuras sagradas: “Diosito”, “La Virgencita”, “El Santito”, “El Niñito Dios”, “San Juditas”.  Y sí, lo señala como algo culturalmente distintivo. Es una forma de humanizar lo sagrado o lo distante, creando un vínculo de confianza o «cariño» con la divinidad para sentirla más cercana al sufrimiento. Decir “Diosito” no significa que el mexicano “haga pequeño” a Dios. Significa que lo acerca con cariño.

En muchos contextos religiosos, Dios suele conceptualizarse como majestuoso, distante, soberano. En cambio, en la religiosidad popular mexicana, la relación con lo divino es más doméstica, más familiar. Expresa ternura y confianza, reduce distancia simbólica, integra lo sagrado a la vida diaria. Fenomenológicamente no reduce a Dios. Reduce la angustia frente a lo infinito, a lo inexplicable.

El uso del diminutivo funciona como una especie de amortiguador emocional, atenúa lo rudo de la experiencia y vuelve lo que nos rodea más pequeño, más controlable y menos intimidante. Al mismo tiempo, suele expresar cariño y puede insinuar una postura de modestia o cierta docilidad frente a lo que se nombra. 

En México no hablamos en pequeño, el ito no es un signo de debilidad lingüística, sino una forma sutil de hacer habitable la realidad.

Hemos aprendido a hablar en diminutivo. Porque decir “Abuela”, resulta frío o seco, pero “Abuelita” es tierno. Decir “mi hijo”, da certidumbre, pero el “mijito”, además, otorga amor. Decir “padre» inspira respeto, pero “papito” le suma cierto afecto y cariño.

Todo depende de cómo se diga y se escuche, porque en ocasiones el usar un diminutivo se hace para empequeñecer algo. Puede sonar peyorativo. No es lo mismo decir: “Qué gusto que vuelvas a la escuela”, a decir: “Ya vas a tu escuelita”. O el clásico decir: “Tus amiguitos o amiguitas” que encierra una celotipia en la pareja. Todo depende del tono y la dinámica.

La consejita de hoy:

El diminutivo no solo es hacer pequeños o cercanos los conceptos, a veces es antojar algo. Y es que un taco no es tan sabroso como un taquito, con su salsita, limoncito, cebollita, y claro acompañado de una coquita de vidrio. Como dice Ned Flanders: “perfectirijillo”.

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