Hijo II-II

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Memento

“It’s not time to make a change, just relax, take it easy. 
You’re still young, that’s your fault, there’s so much you have to know”
Father and Son – Cat Stevens

La palabra hijo proviene del latín filius, blah blah blah… (para más información, visitar la columna de la semana anterior)

“Nadie te hará daño nunca, hijo. Estoy aquí para protegerte. Por eso nací antes que tú y mis huesos se endurecieron primero que los tuyos”.

Recuerdo un sueño. En él, me veía con un niño de cabello dorado entre mis brazos. Cuando nació mi primer hijo, con el cabello negro como la noche, volvió a mi mente el recuerdo de aquel sueño y reí al pensar que de ninguna manera coincidía. En ese momento el plan era solo tener un descendiente. Tiempo después nació el segundo.

Un día tuve que llevar únicamente al menor a la escuela. En ese tiempo le habíamos dejado crecer su cabello, el cual era de color castaño, con un corte champiñonesco. Lo llevé cargando del auto a la escuela, pues era de los pocos momentos que podíamos pasar él y yo solos. Lo llevé en mis brazos y, en ese instante, el sol iluminó su cabello haciéndolo lucir dorado. En mi cabeza retumbó el sueño de hace casi diez años. Irracionales coincidencias.

Me enteré de que sería padre a los 26, lo fui a los 27, y repetí a los 29. Mi padre me enseñó a juzgarlo, a criticarlo, para ser la mejor versión de nosotros mismos. Por esas razones soy muy rebelde: puedo criticar a mis padres y a casi cualquier persona -incluyéndome- sin temor a expresar mi opinión; claro está, de una manera asertiva. El respeto y el amor como padre son de manera intrínseca, pero con los hijos no siempre es así: debemos ganarnos ese amor y ese respeto.

A los 34 me divorcié. Ellos tuvieron que vivir con su mamá un rato. A pesar de la distancia física y temporal, procuré fortalecer aún más el vínculo que nos unía. Un par de años pasaron. Un día mi hijo mayor llegó a casa para quedarse a vivir conmigo de manera indefinida. Algún tiempo después el menor se uniría con nosotros, primero de manera informal y al paso de los días de manera legal y definitiva. Eso fue hace mucho más de una década.

Desde entonces hemos tenido altibajos, pero intento empatizar lo mejor posible. No es sencillo: hay una generación y muchas características de diferencia. Aun así procuramos que el vínculo continúe fuerte. Procuramos charlar mucho. En ocasiones no lo logramos; en otras tantas podemos escucharnos. Y es que no hay nada más frustrante que discutir con tu hijo y darte cuenta de que es una versión aumentada de ti, con la misma o mayor terquedad, pero con más inteligencia.

Con cada uno tengo una forma de comunicarme. He intentado nutrirme lo mejor posible para poder tener temas en común. Hoy son adultos, cada uno con una personalidad muy fortalecida, amorosos desde su lenguaje. Me siento muy orgulloso de cada uno. Juntos son una gran mancuerna, con muchos roces, mucho amor y mucha sapiencia.

Procuro “echar novio” con cada uno por separado, convivir plenamente, y sin distracciones, de ese modo creo que podemos intercambiar experiencias de manera directa.

La conseja de hoy

Cada familia tiene su propia forma de serlo. Algunas se conforman de ambos padres, otras de uno ausente. Cada versión representa un reto. Y como suelo decir: “Simplemente nos toca ser la mejor versión de madres o padres que esté a nuestro alcance”.

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