RETRATOS HABLADOS
Hoy termina el mes de septiembre y, por consiguiente, será merced reflexionar a lo que el tiempo ha provocado en nuestra vida cotidiana, y si este factor, el tiempo, ha transformado en términos reales el ejercicio de la política en un país y mundo en el que nos ha tocado vivir. A estas alturas deberíamos presumir del proceso evolutivo en esos menesteres, y un camino que nos llevará a ver como posible que la sociedad mexicana y mundial camine sin lugar a dudas, hacia el sueño siempre acariciado de una democracia real.
Desde épocas inmemoriales se ha mencionado que el tiempo como tal no cambia el proceder de ningún enfermo de poder, y por el contrario, acrecienta esta sed del ambicioso, del que finalmente está seguro que no hay filosofía de la vida más ejemplar que la suya, y que todo puede ser, siempre y cuando sea él o ella, quien guíe a las tribus rumbo a la Tierra Prometida.
A lo largo de la historia humana, la marcha inextinguible de los días ha sido el espejo ante el cual imperios, reyes y tiranos han intentado medir la estatura de su propia soberbia. Desde la antigüedad mesopotámica, pasando por los deslumbrantes pero efímeros tronos del Egipto faraónico, hasta la decadencia de la Roma imperial, los gobernantes han levantado monumentos de piedra esperando burlar a la muerte y perpetuar su mandato.
Sin embargo, los grandes pensadores clásicos ya advertían sobre esta Ilusión: los filósofos estoicos recordaban con insistencia la fugacidad de la gloria terrenal, señalando que ni los cetros más pesados ni los ejércitos más nutridos pueden detener el avance del reloj.
Se pensaría que, tras milenios de guerras, caídas estrepitosas y coronas enterradas bajo el polvo, la humanidad habría aprendido la lección fundamental de la finitud. Existía la noble esperanza de que el mero discurrir del proceso evolutivo engendrara hombres y mujeres de poder más sensatos, seres moldeados por la experiencia acumulada, más dispuestos a la introspección y al ejercicio sereno de la responsabilidad pública.
No obstante, esa sensatez que parece escasa en los palacios de gobierno resuena con absoluta claridad en la sabiduría popular. Son los abuelitos en el calor del hogar y los compositores de la música popular quienes han sabido resumir, con desgarradora sencillez, la lección que a la clase política se le escapa entre las manos.
Con esa intuición despojada de artificios, la canción ranchera lo sentencia con claridad inapelable: «La vida pronto se acaba / Lo que pasó en este mundo / Nomás el recuerdo queda / Ya muerto voy a llevarme / Nomás un puño de tierra». Estas líneas encierran una verdad universal que democratiza la existencia: al final del camino, el foso es del mismo tamaño para el mendigo que para el mandatario.
Sería esperable que, al menos por mero sentido común, esta certidumbre calara en la conciencia de aquellos que hoy se encuentran obnubilados por el poder, tanto en México como en el resto del orbe.
Quienes hoy ejercen la autoridad con arrogancia y soberbia harían bien en recordar que las estructuras que construyen son tan frágiles como el aliento que las sostiene. Entender que la vida es apenas un suspiro y que nadie se lleva más que un puño de tierra debería ser el antídoto definitivo contra la desmesura política, abriendo paso a una gestión humilde, consciente de que el único legado perdurable es el servicio honesto a la comunidad.
Por cierto: ya mañana es octubre.
Mil gracias, hasta mañana.


