Memento
“Dos extraños bailando bajo la luna se convierten en amantes al compás de esa
extraña melodía que algunos llaman destino, y otros prefieren llamar casualidad”
Destino o casualidad – Melendi
La palabra casualidad viene de casual, y esta del latín casualis, que significa “relativo al azar” o “que sucede por accidente”. Casualis deriva de casus, que significa caída, suceso, acontecimiento inesperado. Y casus viene del verbo cadere, que significa caer.
Originalmente, lo casual no era “lo inesperado” como hoy lo usamos, sino algo que caía fuera de lo planeado. De ahí salen también palabras como caso, acaso y ocasión -vía otros cruces latinos-. Entonces, casualidad significa lo que acontece por caída de los hechos, sin plan aparente, algo que sucede sin que pareciera haber sido organizado.
Mi madre suele decir: “Las cosas pasan por algo”. Me cae regordo esa frase, pues parece que algo o alguien está manejando las cosas. Prefiero un “Por algo pasan las cosas”, que aunque parece igual, tiene una diferencia. Antepone el algo, algo que yo pueda hacer, una acción que desatará otra cosa. Prefiero la causalidad, es decir, que uno causa las cosas y no que todo sea una coincidencia.
Entre la casualidad y la causalidad se mueve buena parte de la vida. Cuando algo nos favorece lo llamamos destino, y cuando no entendemos nada decimos “por algo pasan las cosas” para no aceptar esa ignorancia. Nos cuesta admitir que a veces hay causas claras que ignoramos, y otras veces solo hubo un crash, decisiones torpes y azares sin mensaje. Queremos un mundo con explicación porque tranquiliza.
Es curioso que muchas casualidades nazcan de la idea de caer. Uno tropieza con una persona, cae en una conversación, recae en un recuerdo, y luego dice que fue azar. Tal vez la casualidad no siempre sea magia; a veces solo es la vida.
“¿Por qué me pasa esto, Diosito?” Es una frase que escucho decir a algunas personas. Buscamos una explicación metafórica a lo que creemos es una casualidad, cuando en realidad es una causa. Por ejemplo, la diabetes no llega por un susto, llega por años de poco cuidado, que quizá es detonada casualmente por un evento, pero no es que se disparen tus niveles de glucosa de la noche a la mañana… o quizá sí.
Hace años -de niño- me enviaron a la tienda. Recuerdo caminar por la calle Cayetano Gómez Pérez, casi en la esquina con Ignacio Trigueros. Debido a las corrientes de aire y a la gente cochina, la basura se juntaba entre la guarnición y el pavimento, y entre todas las cosas revoloteaba un billete de diez mil pesos. Ahí estaba Lázaro Cárdenas bailando al ritmo del viento, muy serio, con su bigote impecable pero balanceándose coquetamente. Una gran casualidad.
Sin embargo, ese evento me causó muchísimo daño. Para un morro entre ocho y diez años fue desastroso, pues además del festín de chocolate que di, a partir de esa fecha empecé a hurgar entre la basura que encontraba en la calle. Ese momento, más que casualidad, lo recuerdo como causalidad. Han pasado décadas y, a causa de ese hallazgo, en ocasiones me percibo observando, intentando encontrar algún billete bailarín entre la basura.
“…cuando nos topamos con alguien de casualidad, es porque ya lo habíamos visto antes con el rabillo del ojo, quedando en nuestro subconsciente, y no paramos hasta conseguir volverle a ver”, creo que es una frase atribuida a Sigmund Freud. Hace tiempo me la dijo mi pareja, pero cabe destacar que, de no haber tomado la decisión de trabajar en la relación, quizá -y por más que continuáramos viéndonos por el rabillo del ojo- no seguiríamos juntos.
La conseja de hoy
El ser humano vive buscando sentido donde a veces no hay estructura y solo ruido. Y en ocasiones buscamos ruido donde solo hay causas. Y como le digo a mi morra: “No creo que fue casualidad encontrarte, lo que sí sé es que quiero seguir causándonos un camino.”


