La hermosísima y perfecta paz Trumpiana
Parece asunto de locos, pero el acuerdo de paz de Estados Unidos con Irán es celebrado como un logro del paladín de la justicia, Donald Trump. Y no, no se entiende que al niño malcriado que fue a golpear a quien le había visto feo, -con la salvedad que el agredido decidió defenderse-, después lo feliciten porque amoroso y de corazón limpio como es, le propuso que ya no hubiera agresiones de ningún tipo, a lo que el otro, con el ojo hinchado y sin dientes, le dijo que sí.
Al mismo tiempo todas las organizaciones mundiales, y hay que incluir a la ONU, que el niño Trump no se cansa de calificarla de inútil, buena para nada, se unió al festejo del pequeño demonio. ¿Hemos enloquecido para avalar este tipo de acciones? Esta farsa evoca los peores vicios de la asimetría del poder que la literatura y la historia ya han denunciado. Ya Tucídides, en su clásico Diálogo de Melos, dejaba claro el descarnado pragmatismo de los imperios: «los poderosos hacen lo que quieren y los débiles sufren lo que deben». Es la paz impuesta por el garrote, una rendición disfrazada de virtud.
Esta vieja táctica de desatar la tormenta para luego vender el refugio ya la advertía Tácito al describir la expansión romana: «allí donde crean un desierto, lo llaman paz». El agresor rompe los huesos de su víctima y luego exige pleitesía y gratitud eterna por obsequiarle las muletas.
Al aplaudir este cinismo, la diplomacia internacional cae en la advertencia de León Tolstói: «La fuerza siempre atrae a los hombres de baja moralidad».
Hemos normalizado que el verdugo sea el héroe.




