Escrúpulos

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Memento

“Serás la duda de quien creyó, si a la esperanza le vendés una ilusión.
Todo es una estúpida traición… sin escrúpulos”
Sin escrúpulos – Adrián Barilari

La palabra escrúpulo proviene del latín scrupulus, diminutivo de scrupus, que significa literalmente piedrecilla. En su sentido original, scrupulus se refería a una pequeña piedra que se mete en el zapato y causa molestia o incomodidad al caminar. Con el tiempo, esa imagen física se transformó en una metáfora moral y psicológica: así como una piedrecilla impide caminar con tranquilidad, un escrúpulo es algo que inquieta la conciencia e impide actuar con ligereza. De ahí que escrupulo pasara a significar: “Duda o recelo moral que detiene antes de hacer algo que se teme que no sea correcto”.

En filosofía, especialmente en la ética, el escrúpulo representa la conciencia moral en su forma más sensible. Esa vocecita que cuestiona, que detiene la acción para evaluar si es justa o no. Puede ser visto como una virtud cuando expresa sensibilidad ética, pero también como un obstáculo cuando degenera en escrupulosidad, es decir, una obsesión con la culpa o el error moral. 

Así, filosóficamente, el escrúpulo se sitúa en el límite entre la moral y la psicología. Una fricción entre el deber y el deseo, entre la razón que busca el bien y la emoción que teme el mal. Es esa pequeña piedra que obliga a realmente detenerse, mirar dentro de uno mismo y preguntarse si el camino es el correcto.

Hace como veinte años jugábamos «escrúpulos», un juego tipo desafíos en el que avanzas por casillas para llegar a la meta, como en una Oca. Después de tirar los dados, el avance se valida a través de contestar una pregunta impresa en una tarjeta; las respuestas se juzgan como creíbles por los demás jugadores. Algunas de las preguntas eran: ¿Serías capaz de besar a la novia de tu mejor amigo?,  sí encontrarás una cartera ¿La devolverías o te la quedarías?, sí te dieran cambio de más en la tienda ¿Lo devolverías o lo conservarías? y muchas cuestiones más de ese tipo.

Los demás jugadores nomás no creyeron mis respuestas, sobra decir que no gané una sola partida. Para ellos yo era “El Diablo Encarnado».

Intento ser honesto. Las carteras que me he encontrado las he llevado hasta la casa de los dueños. He contactado a los dueños de celulares extraviados. En dos ocasiones encontré tarjetas en los cajeros a medio proceso, localicé a los propietarios. Una ocasión abandonaron una mochila y corrí para dársela a sus dueños. No me quedaba con el cambio de las tortillas -por eso soy pésimo en videojuegos-. Soy el tipo de persona que si bien no tengo mucho,  comparto lo poco que tengo, e intentó ayudar a quien así me lo solicita y a veces hasta a quien no. 

Intento no tener prejuicios y  aceptar a los demás, procuro ser una persona con quien se puede hablar de casi cualquier tema. Sin embargo, hay etiquetas que me han seguido en la vida, muchas de ellas sin ninguna certeza la gran mayoría de la imaginación de alguien. Sé que no soy una monedita de oro, pero soy un buen tipo. Si conociera a alguien que se pareciera a mí, seguramente me caería muy bien.

Existe otra cara de la moneda, algunas personas me han pedido hacer cosas que van en contra de lo que pienso y me he negado a hacerlo. Por ello me han llamado tonto. Tal parece que los escrúpulos son un estorbo para algunos, y algo intrascendente para otros.

Mis escrúpulos forman parte de mi mundo, es un pedacito de cada una de las personas de quienes he aprendido -desde mi perspectiva- lo correcto o incorrecto.

La conseja de hoy:

Es posible que viviendo en una época con mucha comunicación, no logremos entablar adecuadamente con los demás, intentar comprenderlos, escucharlos y sobre todo respetarlos. Cómo diría mi ex: “A veces eres una piedrita en el zapato”

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