El Hierofante 

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PEDAZOS DE VIDA

Hay en la vida un camino, aquél que siguen los estudiantes que siempre buscan estudiar, el camino de aquellos que buscan la sabiduría en el pináculo de las élites. Y hay eternos estudiantes que se asombran y aprenden de la forma en que emerge una cigarra. ¿Qué es eso de buscar sabiduría en la soberbia cuando la respuesta está en la vida?

El autobús dejó atrás la ciudad, conforme avanzó, el calor se hizo presente, el clima era el aire que podía meterse y circular entre las ventanillas, no era un aire fresco, por eso le habían recomendado que hiciera el viaje de noche, ahora más que nunca estaba seguro de haber podido soportar el frío en comparación del horno en el que ahora viajaba, sin embargo, todo esto era el comienzo.

Al bajar en la última parada tuvo que esperar más de cuarenta minutos un nuevo camión. Aprovechó para buscar algo de comer, y después se arrepintió de no haberse llevado nada de la ciudad. Al subir, la gente se aglutinó, por poco y esas dos horas de terracería, lodo y niebla las hubiera tenido que soportar de pie.

El maestro observaba por la ventana, a ratos creía distinguir árboles inmensos entre la bruma; otras veces sólo veía paredones verdes moviéndose lentamente bajo la lluvia. No alcanzaba a comprender la diversidad climática durante todo su viaje.

Llevaba en una maleta negra, camisas, pantalones y dos pares de zapatos formales, así como una carpeta con documentos personales. Para tener una plaza definitiva, le habían dicho que tendría que estar un tiempo en esa comunidad. Eso sonaba sencillo cuando lo escuchó en las oficinas centrales, que lucían frescas y limpias, además de tener ese eterno olor a café americano.

Al bajar del autobús, el maestro comprendió que estaba lejos de todo lo que conocía, tenía que caminar hasta dónde terminaba el camino para llegar a la comunidad conformada por la escuela y apenas tres casitas, y al creer que no caminaría más, tras comer “chilatole”, que no era otra cosa que un caldo de menudo, el maestro fue acompañado a su casa, a una hora de distancia más arriba.

Los primeros días fueron difíciles, por las noches lloraba su miseria, se acostaba bajo un mosquitero y aun así amanecía picado por los insectos. Imaginaba que alguna serpiente entraba a su dormitorio haciéndose pasar entre las rendijas de la madera. Oía ranas, chicharras, pájaros que gritaban de madrugada, creía oír lamentos o asesinatos en la montaña.

Las caminatas de la primera semana lograron como trofeos, unas ingles rosadas por la ropa inadecuada que usaba en esa región, bajaba con los dedos de los pies hechos bola de tanto aglutinarse en los zapatos. El calor era húmedo, no era como en la ciudad, acá se sudaba incluso cuando estaba nublado y se padecía frío en tiempos de huracanes.

A las cinco se oía el canto de los gallos, luego el olor del humo de las cocinas de leña le despertaba el apetito, a mitad del camino se turnaba para pasar a desayunar, en alguna de las casas de la comunidad, lo que fuera. No había forma de pedir un menú y la vez que se le ocurrió comerse un fruto, casi muere envenenado, no hubiera alcanzado a recorrer las dos horas para llegar al Centro de Salud más cercano, el curandero que lo atendió no se explicaba cómo había probado el fruto del Ka’akuykuy (árbol de la muerte) si no había de estos ejemplares en la región, al menos a treinta kilómetros a la redonda.

Comenzó con picazón, luego sintió agujas que se clavaban en su piel, pudo llegar a la casa más cercana, de no haberlo hecho seguramente se hubiera muerto.

La escuela era un solo salón, construido de madera y lámina, había gallinas debajo y un perro amarillo permanecía acostado junto al umbral de la puerta. Los dieciocho niños hablaban mucho más popoluca que español. Más de una vez pensó en largarse, pero hubo varios detalles que le impidieron irse.

Extrañaba el ruido de los carros. Extrañaba el pan dulce. Extrañaba el televisor y el celular, extrañaba la luz eléctrica y la regadera del baño, extrañaba la ciudad, aunque nunca hubiera tenido vida allá. Pero entre todo, extrañaba saber lo que la gente decía en cualquier lugar.

Casi nadie hablaba mucho español. Los hombres respondían apenas lo necesario. Las mujeres lo observaban desde lejos. Los ancianos parecían desconfiar de él, incluso cuando sonreían. En esos momentos sentía que había llegado a otro país.

Llevaba una botella de agua y una libreta donde anotaba palabras en popoluca que escuchaba durante las clases, caminaba rumbo a casa por alrededor de una hora. A los 30 días de haber comenzado su ministerio, rumbo a su casa, miró sentado bajo un árbol a un niño de alrededor de siete años de edad. Era delgado y moreno. Tenía los pies descalzos y unos ojos oscuros que parecían demasiado atentos para alguien tan pequeño.

—¿Cómo te llamas? —preguntó el maestro.

El niño dudó.

Luego respondió:

—Susanay.

El maestro no supo pronunciarlo bien. Al inicio no le tomó importancia, luego trató de averiguar por qué no iba a la escuela. Los niños de la escuela se rieron de él porque no supo pronunciar el nombre, sin embargo, Carmelita, se limitó a decir:

—Ese es su nombre de monte.

—¿Qué significa?

Nadie quiso responder, sin embargo, con el tiempo supo que además de sus nombres, algunos niños tenían un “nombre de monte” y también supo que Tsu’tsanay, como se pronunciaba, significaba “Serpiente de la noche”.

Tsu’tsanay hablaba poco español. A veces caminaban durante casi una hora sin decir nada. El niño parecía conocer cada rincón de la sierra. Le enseñó qué plantas podían tocarse y cuáles no, a veces le convidaba algunas frutas, y aprendió a escuchar la lluvia antes de que llegara. Asimismo, aprendió a distinguir entre el sonido del arroyo y las serpientes entre las hojas secas.

Varias veces, el maestro quiso convencerlo de entrar a la escuela, pensó incluso en hablar con sus padres. Una tarde intentó preguntarle dónde vivía. El niño lo miró fijo unos segundos. Después desapareció entre la maleza. Fue su única respuesta. No lo vio por mucho tiempo.
Con el tiempo, el maestro comenzó a cambiar, aprendió popoluca, no volvió a usar la ropa tan incómoda de la ciudad. Y los años pasaron como pasan en la sierra: lentos y repentinos al mismo tiempo.

Tsu’tsanay, lo acompañó durante cuatro años, pero en la comunidad, nadie le pudo dar razón del niño, hasta dudaban que existiera, otros decían que seguramente era un chaneque pero por la descripción no podría ser algo más que un niño o la imaginación del maestro. La verdad nadie lo tomó en serio.

El maestro, junto con el cura, no faltó a fiestas patronales y entierros. Por su parte, hizo pequeños desfiles cívicos, y participó en las faenas tras el paso de huracanes, poco a poco, el “maeestroj” se hizo parte de la comunidad. Escuchó historias sobre nahuales, cuevas que guardaban el corazón del agua y hombres que desaparecían siguiendo luces en el monte.

Nueve años después llegaron noticias desde la ciudad, justo cuando cumplía los trece años de servicio. Había plazas disponibles. Podía volver. El sueño por el que había esperado tanto tiempo se hizo realidad, estaba a una firma de papeles. Con la memoria llena de recuerdos regresó, con su ropa se había perdido la noción del idioma inglés, y ahora entendía y hablaba popoluca.

Definitivamente, la ciudad era otra. Sus hermanos del orfanato ya no estaban allá, con algunos mantenía contacto, con otros de plano se habían perdido el rastro. Aquella noche durmió en un motel barato, la cena que pensó que sabría a gloria, le irritó el estómago y le provocó diarrea. A momentos dormía y soñaba en episodios con Tsu’tsanay: en el primer encuentro, al abrazarlo se convirtió en una gran serpiente; en un segundo sueño, al hablar con él, sus ojos brillaron como estrellas; y en el tercero, al comer fruta, su espíritu se refrescó antes de despertar empapado en sudor.

Apenas acabó de bañarse, se secó con la toalla rígida del motel y se vistió, salió para firmar los documentos, y al estar allá, no quiso hacerlo, su plaza estaba en la comunidad, en la sierra donde se habla el popoluca, quería su sueldo íntegro y su ingreso al sindicato, pero ya no quería regresar a la ciudad. Allá la vida es más difícil y pesa más, pero allá no dejaba de aprender, no dejaba de admirarse, no dejaba de pensar en soluciones a los problemas…

El secretario levantó la vista sorprendido.

—¿Quiere quedarse allá?

El maestro miró sus manos ennegrecidas por el sol. Pensó en los niños hablando popoluca, en la burla que hicieron al escuchar su mala pronunciación, en la lluvia cayendo sobre los techos de lámina, y en la gente que muere con los pulmones destrozados por el humo del fogón. Y a pesar de todo el panorama, sonrió.

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