El Emperador 

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PEDAZOS DE VIDA

Aunque el terreno sea fértil, la semilla que está destinada a no crecer en él, seguro se pudrirá o será devorada por los gusanos; y aunque la tierra sea árida, si se conjuntan los elementos necesarios, la semilla brotará y dará sus flores. Por eso digo que todo a su tiempo, que al final todo parece estar escrito. 

En aquellos años la tierra era sólo para los hombres. Las mujeres nacían con la profecía que las condenaba a irse detrás de algún marido que les diera techo y surco, porque los padres heredaban las parcelas únicamente a los hijos machos. 

Así fue como Melesio se quedó con las tierras de su padre, mientras sus hermanas, todavía llorando el entierro, comenzaron a buscar pretendientes en los ranchos ajenos. La parcela era buena. Negra la tierra con magueyes en la orilla y cerca del jagüey el viejo ahuehuete con el que creció el abuelo, que dio sombra a su padre cuando pastoreaba el rebaño de ovejas y que presenció el nacimiento de los cuatro: Guadalupe, Zenaida, Melesio y Marisol.

El padre de Melesio, don Epifanio, decía que aquella tierra daba maíz hasta en temporadas malas. Y Melesio creció con la idea de su tierra, de una parcela para él solito, algo por lo que nunca tendría que pelear, ya que la última posibilidad de tener un hermano se esfumó con la llegada de Marisol, quien cerró el útero materno. 

Apenas cumplidos los veinte, se casó con Josefina, una muchacha hermosa, de ojos grandes y cabello oscuro, de esas con temple fresco incluso en los días de calor. Poco se supo de ella, venía del rancho de San Andrés, en un lugar de Veracruz, de allá la trajo Melesio. 

Llegó vestida de blanco, con un porte muy fino, aunque después se supo que su familia no tenía mucho dinero, también, los rumores hablaban de que Melesio había pagado bastante para que sus padres la dejaran irse con él. Nunca habló de su familia y solo tuvo ojos para Melesio, las viejas envidiaban su belleza y los hombres no le quitaban el ojo de encima. 

Al inicio, Melesio parecía no dar importancia a la situación, pero de un día a otro un veinticuatro de junio, cuando se preparaba para la siembra, todo cambió, se alejó de la parcela al medio día y no regresó hasta la noche, ahogado en alcohol, balbuceando y con el único objetivo de meterse a la cama. 

Primero fueron detalles pequeños: preguntas constantes, silencios incómodos, la exigencia de saber adónde iba, por qué tardaba, quién la había saludado. Después vinieron los arranques. Si Josefina sonreía demasiado en el mercado, Melesio se encerraba horas enteras a beber. Si algún vecino se acercaba a ayudar en la siembra, él vigilaba desde lejos con los ojos endurecidos como piedra. Poco a poco comenzó a prohibirle cosas: no salir sola, no hablar con hombres,

no arreglarse tanto…

La única forma de apaciguarse fue durante los tres embarazos: tuvo dos mujeres y al final un hombre, no necesitaba más para cumplir a su familia, a sus ancestros, y honrar la promesa de conservar la tenencia de la tierra. 

Durante los embarazos, Josefina aprendió a quedarse quieta, a no hablar con los hombres, a no mirar a los ojos a Melesio, quien realmente nunca mostró amor más que con celos, pero: ¿Qué era el amor? Si no tener un techo donde vivir, comida para alimentarte e hijos para cuidar. 

Melesio vivía aterrado. En las noches se le veía caminar solo entre los surcos, fumando en silencio. Fueron más de veinte años de ese infierno, los hijos crecieron con un padre al que les costaba llamarlo así. Los sentimientos de Melesio quedaron enterrados como una tortuga que nunca más se asomó afuera de su caparazón. Y los pequeños no supieron, como muchos otros, del cariño de un padre. Josefina perdió la fe, ni los hijos pudieron regresar al Melesio que fue por ella en su juventud. Sin embargo, lejos de la añoranza del hombre, estaban los muchachos que hacían la vida más llevadera. 

A veces, Melesio regresaba oliendo a aguardiente. Entonces descargaba su rabia contra cualquier cosa: aventaba sillas, rompía platos, golpeaba paredes. Aún así, nunca se atrevió a tocar a Josefina, la odiaba porque se veía en ella como en un espejo maldito. Y aunque nunca le atizó un golpe, la vigilancia, la intriga, las palabras le partieron el corazón, la secaron por dentro, le arrancaron la ilusión de tener un hombre que la quisiera como los hombres que querían a sus cuñadas. 

Josefina no comprendía porqué su marido evitaba mirarla, las veces que intentaron crear un hijo fueron las únicas en las que sintieron sus pieles encontradas, no hubo besos, no hubo caricias, dos máquinas que hacían un hijo para ver si por fin salía varón. 

Fue una mañana, cuando Josefina sintió un frío extraño que recorrió todo su cuerpo, lloró pero guardó silencio, no consideró necesario que supieran el mensaje que contenía el papel, no dijo nada. Esa noche observó a Melesio durante la cena. Él comía en silencio, endurecido, con la tristeza marcada en el rostro y por primera vez no sintió miedo. Sintió lástima. 

Los años cayeron encima de la casa como polvo. La muerte de su hijo Santiago terminó por quebrar a la familia. En el pueblo no cesaron los murmullos, sin embargo, Melesio seguía de pie, trabajando la tierra, implorando la llegada de un nieto para que no se perdiera el legado de su apellido, trabajaba todo el día, comía poco y en el campo, así que Josefina tenía que llevar el taco hasta donde estuviera. 

Una madrugada de lluvia ella despertó y descubrió que Melesio lloraba sentado al borde de la cama. No era llanto de borracho. Era un llanto antiguo. Estaba roto, quizá por compasión, quizá por remordimiento, quizá por haberle arruinado la vida, por primera vez fue sincero con ella. 

Melesio se quebró, tenía la vieja carta de Santiago entre sus manos. Su hijo jamás escribió una carta, era Santiago, el muchacho aquél, hijo de doña Juvencia, con el que había conocido el amor a las faldas del ahuehuete, con quién solía besarse a escondidas entre los carrizos del río. Aquél joven que se marchó tras dejar en sus manos esa carta, un veinticuatro de junio, Día de San Juan.

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