TLAMATINI
“La vida colectiva”
Viajar en transporte público o subirse al Tuzobús se ha transformado en un riesgo. Ya sea porque los chóferes manejan como si llevaran ganado, porque se agarran a insultos con otros conductores o porque la posibilidad de un choque ya es la nota roja de todos los días.
¿Quién se hace responsable si un pasajero se destroza una rodilla o se fractura la columna porque un imprudente se le cerró al Tuzobús solo para ganarle el paso?
Ciertamente, habitamos una sociedad completamente desnuda frente a la fragilidad de nuestros sistemas de protección; una sociedad donde las instituciones y los particulares se tiran la bolita, dejando al ciudadano a merced de la desgracia. Si mi intención fuera subirme a los carros chocones, me habría ido a la feria de Pachuca. Pero no: día con día, un percance vial evidencia que el pasajero es siempre el eslabón más débil, el que carga con el costo físico y emocional de una imbecilidad colectiva mientras la burocracia se lava las manos.
Lo que subyace a todo esto es la bancarrota absoluta del sentido común y de la alteridad. Cuando un automovilista intenta ganarle el carril al Tuzobús arriesgando el pellejo ajeno, opera bajo la creencia de que el otro no cuenta, de que su prisa ficticia está por encima de la vida colectiva. Es el triunfo obsceno del individualismo: yo primero, mi tiempo primero, mi paso primero.
Pero ¿qué causa esta epidemia de accidentes?
Ya lo he apuntado antes: es la prisa rabiosa con la que nos arrastramos por la ciudad. Sentimos que las horas se escapan y queremos llegar antes que nadie a ninguna parte. En avenidas donde el límite está marcado entre sesenta y noventa kilómetros por hora, pasan volando coches y motos que no bajan de los ciento veinte. ¿Es el síntoma de una urgencia existencial mal canalizada? Se le quiere ganar la partida al reloj como si en esa llegada anticipada se nos fuera la vida, cuando lo único que hacemos es ponerla en la cuerda floja —la propia y la de los demás—. ¿Cuándo fue la última vez que alguien manejó con calma por las calles de esta ciudad?
Esta prisa generalizada siembra una tensión insoportable en el asfalto. El transporte público —y nuestro maltratado Tuzobús— queda atrapado en medio de la tormenta: por un lado, la presión operativa y la desfachatez de unos chóferes obligados a cumplir metas imposibles; por el otro, la prepotencia de conductores particulares que se pasan por el arco del triunfo la señalización y el carril confinado, convencidos de que la calle es una pista de carreras privada.
¿Quién en su sano juicio intenta ganarle el paso al Tuzobús? Es elemental: primero, porque no se debe invadir un carril exclusivo; segundo, porque esa urgencia de creerse con más derechos que los demás expone la putrefacción de nuestra convivencia. ¿Qué culpa tiene una anciana o un recién nacido que viaja en esa unidad?
Frente a este panorama, la posibilidad de detenernos a reflexionar en qué clase de ciudad nos estamos convirtiendo pasa a un segundo plano. Pachuca se desdibuja en un espacio metropolitano atrapado en la ceguera y el olvido, un espejo de asfalto que corre, ofuscado, hacia ninguna parte. Quizá el verdadero peligro no radique solo en la velocidad de los autos, ni en la impericia de los chóferes o la indolencia de la autoridad, sino en esa prisa invisible que se carga dentro y que ha convertido las calles en un territorio de competencia.


