RETRATOS HABLADOS
Los jóvenes siempre han sido, y seguramente serán, agentes del cambio en toda sociedad. Sus caminos pueden ser diversos, pero hoy, como nunca, se ha desatado el temor por lo sucedido en Francia, Italia, entre otros países europeos, bajo la sentencia de que, quien destruye como estrategia para exigir sus derechos, difícilmente sabrá construir.
Resulta una conclusión fácil, pero el hecho es que a una edad joven siempre es posible alistarse en acciones de pintas de bardas con mensajes revolucionarios, acudir a marchas con la posibilidad de que se desate un disturbio provocado por infiltrados, ir a los separos de la policía sin parar de gritar consignas, en fin. Es evidente que en este aspecto tuvo razón Salvador Allende: “ser joven y no ser revolucionario, es una contradicción, hasta biológica”.
Sin embargo, encontrarse con revolucionarios de morral, hoy con tenis por calzado, y ya sin el Manifiesto del Partido Comunista bajo el brazo, pero sí con textos actualizados en la materia, y con edades que superan los 50 o 60 años, a sospechar, o en algunos escasos casos a admirar. La realidad es que el México de hoy ofrece un mar de interpretaciones de la política de izquierda, en la que cada uno de los que se presenta como ideólogo, resulta ser una falacia.
Esos viejos apóstoles de la utopía, que en sus años de mocedad quemaban suela y garganta por una causa presuntamente insobornable, han terminado por convertir la mística en una simple ventanilla de cobro.
Observar a esa generación de edad madura administrar con frío cálculo burocrático los dividendos de sus viejas luchas produce una mezcla amarga de náusea y desencanto. No queda en ellos el menor vestigio del ímpetu transformador ni la fe sincera en el ideal, sino apenas el afán cínico de facturar, a precio de oro, los servicios prestados a la causa en su lejana e idealizada juventud.
Cobran hoy en altos cargos públicos, en cuotas de poder, en presupuestos opacos y en un confort material que traiciona punto por punto cada pancarta que alguna vez sostuvieron en la calle.
La noción misma de izquierda, manoseada y reducida a un botín de conveniencias individuales, ha dejado tras de sí un páramo de desilusión absoluta en la conciencia colectiva del país.
Ante este teatro grotesco donde la retórica social sirvió únicamente para asegurar el retiro próspero de unos cuantos farsantes, el papel de las nuevas generaciones no puede ser el del aplauso servil ni el de la comparsa nostálgica.
A los jóvenes de hoy les toca habitar la incómoda intemperie de una nación desgastada por la impostura, con la difícil pero urgente encomienda de reinventar la búsqueda de la justicia sin recurrir a los viejos catecismos adulterados.
Les corresponde aprender a desconfiar de las estatuas vivientes, rechazar el chantaje de una épica trasnochada y asumir que la rebeldía auténtica empieza por no dejarse reclutar por los mercaderes del pasado.
La verdadera dignidad juvenil radicará en negarse rotundamente a financiar con su entusiasmo las facturas pendientes de quienes cambiaron la transformación social por el privilegio personal.
Mil gracias, hasta mañana.



