LA RULETA
Quizá no está en casa.
Ya pulsé dos veces el timbre y nomás nada.
No se ve movimiento ni se escucha algo.
Ni el perro ladra.
Quizá ya no tiene perro. Ya estaba viejito ese pinche chihuahua; la última ocasión que vine fue hace muchos tantos años que no recuerdo un número, más de una década, sí.
Ya pasó un mundial, pero no dos, ¿o sí?
La puerta se ve madreada: la madera está hinchada y le faltan pequeñas partes, como si hubiera sido mordisqueada.
Ojalá y no esté, tengo miedo de su reacción.
¿Seguirá luciendo igual? Su mirada siempre fue delatadora.
La última ocasión fue la menos grata.
Primero lució sorpresa, parpadeó rápidamente; después buscó alguna respuesta en el piso. Se le vio un destello, ese que causa comprender algo, le cayó el veinte, pues levantó la cara.
Su rostro cambió.
Pude ver una furia desmedida.
Su puño viajó hacia mi cara.
Oscuridad.
No supe más de mí.
Volví a tomar conciencia cuando escuché a una persona que pasó por ahí; me vio, se apiadó y sacudió a la vez que gritaba:
- ¡Ayuda, auxilio, está inconsciente, sigue respirando!
No pude explicarle qué había pasado, ni tiempo me dio.
El malentendido se incrementó al intentar aclararlo; creo que debí comenzar por el final.
Ya pasó un minuto desde el último timbrazo.
Lo intentaré nuevamente.
Nunca fue mi intención.
Siempre fui amigo de ambos.
- «No puedes ser leal con alguien siendo desleal con otro» – eso decía mi abue, y yo lo tengo como premisa de vida.
¿Cómo decirle a una persona que su pareja hace lo mismo que ella hace?
Muchas veces uno termina siendo el chivo expiatorio.
¿Y si no sirve el timbre?
Chale, qué tal que llevo estos minutos a lo pendejo.
¿Y si toco la puerta?
¿Y qué tal que está en el baño y, tocando la puerta, me veo más ansioso? Mejor esperaré otro minuto.
A nadie le gusta que le interrumpan cuando está cagando, y menos la persona que “arruinó” su vida.
La neta no fue mi culpa. Yo solo estuve en el centro del huracán, pero vaya que me tocó la tempestad.
Aún recuerdo cuánto le emputaba que los Testigos de Jehová tocaran a su puerta. Solo les abría para poder mentarles la madre y sacar su disgusto.
Bueno, ya llevo diez minutos a lo pendejo aquí. ¡Basta! Hay que tener dignidad.
Igual y no está en casa.
Quizá en verdad no sirve el timbre. Lo pulsaré y pondré atención.
No, pues no se escuchó ningún ¡rin!, ni un ¡ting tong!
Pues ya qué. Mi abuela no crió cobardes. Tocaré la puerta.
¡Toc!, ¡toc!, ¡toc!.
Se oyen pasos.
Se abre la puerta.
Le sonrío.
- Hola.
- ¿Qué haces aquí, idiota?
- No sabes cuanto lamento que…
Su mirada.
Su puño.
Oscuridad.



