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Sin clases

Ana Luisa Vega
3 Min de Lectura
Ilustrativa

RELATOS DE VIDA

Un día de fiesta, se cumplió el sueño de no ir a clases pese a que debía hacerlo, la alarma se averió y el despertar fue tardío y aunque apresuraron los pasos para salir a casa, ya era imposible llegar a tiempo a la escuela.

Volvió a cambiarse con ropa de calle, arregló una mochila de juguetes y emprendió el camino para el trabajo de su madre, en ese lugar todo era alegría, no había trabajos escolares, solo ver videos, películas o jugar Nintendo.

En tanto, comía el lunch que le habían preparado, siguió con unas galletas y remató con una bolsa de frituras; todo estaba bien, era un día soñado.

Llegada la hora de la comida, pidió cuatro tacos acompañados de un refresco, y de postre, un pastelito de chocolate, y todavía pedía más de comer, bajo el argumento que aún tenía hambre.

Después de hacer unos quehaceres más, llegó a casa, corrió al sofá y se acostó mientras buscaba un canal para poder ver televisión; y todo seguía siendo extraordinario hasta que minutos después comenzó con dolor de estómago.

Fue al baño varias veces seguidas, y en la última, el desayuno y la comida salieron a borbotones por la boca con un olor a podrido, parecía una manguera que no tenía una llave para cerrarse.

La madre al ver la escena salió corriendo a colocar suficiente papel de baño sobre el charco de residuos, para después buscar una bolsa, colocarla en su mano e iniciar a levantar el desastre.

Mientras ella recogía y depositaba el papel en la taza del baño, lanzaba intentos para vomitar, se levantaba y salía del baño para respirar y regresar a la tragedia, pero la viscosidad al momento de levantar el papel, provocó otro desastre, desechar lo que su estómago contenía, de la misma manera en que su hijo lo hiciera momentos antes.

Cuando por fin sacó todo, dió un vistazo al baño, no había por dónde empezar y las acciones de limpieza debían empezar inmediatamente, ante el olor que comenzaba a penetrarse en la casa.

Salió al patio por agua, jabón, cloro, escoba, recogedor, y buscó un par de cubrebocas para filtrar el olor; antes trató de recoger lo más que pudo con el papel y la bolsa y después talló el piso, paredes y la taza del baño con los ingredientes que había llevado.

Al concluir prendió un incienso, barrió y trapeó toda la casa, el olor había desaparecido, y ya no había rastros de lo sucedido, fue tan fuerte el trabajo, el olor y el estrés, que por la madrugada despertó angustiada al haber soñado que su hijo nuevamente se había vomitado, pero ahora por toda la casa.

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