Un adulto responsable
«Las amarguras no son amargas, cuando las canta
Chavela Vargas, y las escribe un tal José Alfredo»
Por el bulevar de los sueños rotos – Joaquín Sabina
Estas fechas para mí resultan muy extrañas porque no sé cómo definir si soy o no un buen mexicano. Pues para empezar, ¿cómo abrazas la identidad?, ¿qué te hace un mexicano de primera categoría?, (si es que eso realmente existe). Porque la idiosincrasia es tan extensa que ni Octavio Paz y su “Laberinto de la Soledad” pudieron explicar de forma completa.
¿Será que si no sé de garambullos, quelites o xoconostle, puedo considerarme mexicano? ¿Será que conocer la historia del pulque y el trabajo de los destiladores es un requisito indispensable para sentirse parte de esta nación? ¿Y qué pasa con las personas que reconocen abiertamente que no les gustan las tostadas de pata y que la moronga les da asco?
Y esos son algunos de los ejemplos gastronómicos, pero ser parte de este país abarca muchísimo más. Tal vez para ser un buen mexicano debería de gustarme la lucha libre, el desgorre, la cerveza y las películas del cine de oro. Reconocer a Resortes, Tin Tan, Capulina o Cantinflas.
Conocer de vista, al menos, a Hugo Sánchez, a “Checo” Peréz, “El Místico”, Ana Gabriela Guevara o algunos otros deportistas destacados. Incluso a aquellos que solo se vuelven populares durante los Juegos Olímpicos, y a quienes juramos que vamos a apoyar hasta que sale la próxima estrella de la Liga MX.
Tal vez se necesita idolatrar a algunos de nuestros más grandes artistas: Rivera, Tamayo, Toledo, Khalo, Izquierdo, Olin o Mayer; celebrar la carrera de Juan Gabriel, Luis Miguel, “El Buki”, Lucha Reyes, Lila Downs, Julieta Venegas o Natalia Lafourcade, o de algunas de las estrellas actuales a las que le sobra talento.
Porque todo eso se podría hacer con bastante facilidad, pero así como existe lo bueno dentro de lo malo, también existe lo malo dentro de lo bueno y para ser un buen mexicano también tendría que hacerme “de mañas”, embarrarme de la corrupción imperante en este país y que se me hiciera normal “la mordida”, “los atajos” y la impunidad.
Tendría que darle la razón a nuestros políticos, no quejarme nunca de un producto “orgullosamente hecho en México” o encontrar la felicidad en el morbo, en el humor negro y en el doble sentido.
Tendría que encontrarle la comedia a lo absurdo, las oportunidades a las desgracias y el negocio al producto de novedad.
Pero como diría Ghandi: “No puedo desprenderme de las acciones de un mexicano, ni el peor de los hombres puede ser tan degradado que yo no pueda sentirme como su hermano”, claro, parafraseado por mí.
Es decir, así como me da gusto todo lo positivo que logran mis paisanos, también siento pena cuando alguno “mete la pata”.
Quizá de eso vaya ser mexicano, de saber que más de 136 millones compartimos la hermandad, porque “un soldado en cada hijo nos dio”.


