LA RULETA
Por: Azul Kikey Castelli Olvera
Tu voz, tus manos, tu risa. Ese apodo cariñoso que en otros labios no permito. Nuestro trajín en la cocina mientras me narras una historia. Mis manos imitando las tuyas, haciendo poemas de amor para ser engullidos de un bocado. Mi amor, mi miedo, tus manos arrullándome, tus manos curándome, tus manos dándome calor, tus manos alimentándome. Tus manos que espantaban espíritus y mal de ojo, tus manos que sirvieron para trabajar, para pelear, para rezar, para cuidar. Tus manos partiendo pan, tus manos en el jarro de café y avivando el fuego del brasero, tus manos cargando más peso del que podían, tus manos de giganta, agrandadas por amor. Tus manos que sostuvieron las mías mientras me hacías una promesa. Mis manos aferrándose a las tuyas, buscando siempre las tuyas. Tus manos tratando de alcanzar a tu hija muerta, tus manos pidiéndome una pastilla para morirte. Tus manos apoyando tu cabeza mientras dormías para siempre. Mis manos pareciéndose a las tuyas, mis manos moviéndose como las tuyas, mis manos esperando volver a tomar las tuyas. Mis manos que duelen por arañar el tiempo y espacio, buscando asir las tuyas, mis manos colocando flores para los muertos. Mis manos acunando mi vientre. Mis manos sosteniendo un bebé, mis manos en las manos de mi hija, tus manos en las mías, tus manos en las manos de mi hija. Las manos de mi madre, de mi abuela, de mi hija. Nuestras manos entrelazándose a través de la muerte y el renacimiento, en esta y en todas las vidas.


