Ray

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LA RULETA

Todo comenzó casi sin querer. Las muestras de cariño empezaron como algo normal, natural, hasta fraternal. Un ligero toque de hombro se convirtió en un masaje de espalda, un toque en el cuello, una caricia en la espalda. Todo creció, hasta que tus manos ya no bastaron para demostrarme lo que sentías.

¿Qué sentías al acariciarme? ¿Emoción, cariño, lujuria, poder, afecto? ¿Qué sentías? Me queda claro que no era amor – de haberlo sido, no me hubieras jodido -.

No es sencillo crecer sin amor. Mi familia me alejó, me botó en aquella institución; pensaron que sería lo mejor para mí. Recuerdo ver mi reflejo en tu mirada, creyendo que por fin alguien me amaría, que me amarías sin necesidad de hacer o ser algo distinto. Creí que tus cuidados no eran iguales a los que le dabas a las demás personas, creí que yo era especial. Y lo fui, pero no de la mejor manera.

Tus manos, que antes jalaban mi cuerpo para acercarlo al tuyo, para rozar nuestros labios, besar nuestras bocas, jugar con nuestras lenguas por todo el cuerpo, después me rechazaban, me lanzaban, me empujaban para alejarme de ti.

Los golpes que antes me enseñaste a disfrutar y a excitarme, ya dolían. Las nalgadas que me enseñaste a gozar, ya las sentía llenas de rencor, de odio. El dolor que al sentarme me prendía, ahora solo desata mi llanto con tan solo recordarlo. Los moretones que eran muestras de pasión se convirtieron en una marca de desdén.

En las clases ya no me dabas la palabra; por el contrario, parecías ignorarme. Durante el tiempo que podíamos compartir en los espacios comunes sentía un rechazo, quizá hasta un desprecio; parecías andar en la lejanía.

Todo el amor que me pregonaban ahora se había vuelto desprecio. Me corrieron de la institución, me dijeron que era una persona non grata, que no podía entrar ni a clases, ni a actividades, mucho menos pasar a las áreas de dirección.

La angustia se apoderó de mí. No encontré soluciones, no hallé una forma de sacar mi desquiciada necesidad de saber de ti, de sentirte, de saberte bien. Pasamos de vernos y tocarnos casi a diario, a tener esta abstinencia de información, de besos y caricias, de miradas, de todo.

Me alejaste de ti y me dejaste sin nada. Me perdí, me quedé sin ti y sin mí, porque me habías hecho dependiente de tu persona.

Acudí a gritarte afuera de la institución; solo quería que me vieras como antes, ver mi reflejo en tu mirada una vez más. Me dolió solo ver tu silueta en la ventana; sabía que podrías mirarme a través del cristal, en la rendija de la cortina, y aun así te negaste a verme. Ni las piedras que lancé parecieron sacarte de tu indiferencia. Solo apareciste cuando llegaron las patrullas; la única vez que percibí tu mirar en meses fue para señalarme, para asegurar que había sido yo quien había hecho esos daños al edificio, cuando tú habías dañado todo mi ser.

Hablaste con mi familia; entre todos me diagnosticaron locura. Los psiquiatras estuvieron de acuerdo, estimulados por tus contactos y tu mano dadivosa. El manicomio fue mi nueva dirección, y quizá sí había locura, pero una locura por ti: por sentir tus manos recorrer mi cuerpo, por sentir tu piel sudando y mojándose a mi lado, por sentirte dentro de mí y sentirme dentro de ti, no solo físicamente, sino en tus pensamientos, en tus deseos. Anhelaba que me amaras, quería saber que no era alguien más.

Escapé de mi nueva «casa». El encierro me hizo darme cuenta de que no te necesitaba. Me había desintoxicado; cada parte que expulsaba de ti, la llenaba con un poco de mí. 

Encontré a alguien que me creyó, una persona que pudo ver que mi mundo era real, alguien que no estaba embarrado de tu maquiavelismo.

Los medios dieron la noticia. No pude sentir desprecio por ti, tampoco misericordia; solo pude sentir lástima cuando me enteré que te cambiaron a un lugar donde perderías el poder, la fama, tu influencia. 

Dicen que la institución cerró un capítulo, que hizo justicia, que protegió a los que faltaban. Yo solo vi una carpeta que cambió de domicilio. En algún lugar, alguien más aprenderá a confundir una caricia con un salvavidas, a leer atención donde solo hay apetito, a llamarle amor a tu manera de satisfacer tu lujuria. A ti te exclaustraron.  A mí me chingaron la vida. 

Cambiarías tu domicilio, modificarías tus rutinas, pero no cambiarías tus «hábitos». Para mí dejaste de ser Sor Esther para ser solo Raymunda, no porque me cause culpa, sino porque me avergüenza lo que hicieron con mi fe. No solo la fe en Dios, mi fe en las personas.

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