Onomatopeya

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Memento

“En la feria de Cepillin me encontré un lindo piano, plin plin, el lindo piano, pon pon, la batería, tun tun, la trompeta, tara tara, la guitarra, bom bom, el acordeón”
La feria de Cepillin – Cepillin

Onomatopeya viene del griego onomatopoiía, formada por ónoma, que significa nombre, y por poiein, que se interpreta como hacer, crear; literalmente se traduce como “hacer un nombre”. Es el intento de fabricar palabras que suenan a lo que nombran. No describe el ruido, lo imita. En el griego era una herramienta poética. Nombrar algo por su sonido era una forma de acercarse a su esencia. Primero se escucha, luego se entiende. El sonido llega antes que la razón. 

Por eso las onomatopeyas cambian según la lengua, el gallo no canta igual en español que en francés o japonés. El sonido es el mismo; lo que cambia es la forma en que cada cultura lo oye. La onomatopeya recuerda que el lenguaje no solo tiene significado, también sonido.

Ya había contado la anécdota de mi tío, llamando “el chu chú” a un tren o “el pip pip” a un carrito de juguete. Comprendo ese atajo o forma de interactuar, pero ese tipo de detalles nos ha llevado a tomar distintos atajos del lenguaje, y no está mal, tampoco está bien, tan solo es. Y es que en ocasiones andamos por el mundo queriendo interactuar utilizando un lenguaje diferente al de los demás. Conocí a una persona que le llama “cachús” a los baches, porque su papá le dijo que así se llamaban. “Perro oso” que tuvo en la prepa cuando iba en el auto de un amigo y ella gritó: “¡Cuidado con el ‘cachús’!” para advertirle de un bache.

La importancia de la onomatopeya se puede ver en la cantidad de “ja” que escribes al reaccionar a algo gracioso a través de algún medio de texto. Si escribes un “ja” es poco; un “jajaja” es lo normal, pero un “jajajajaja” resulta excesivo. Para quienes crecimos leyendo cómics o viendo la serie de Batman de Adam West, el uso de esas expresiones nos ayudaba un poco más a comprender lo que sucedía, (que acá entre nos) era un exceso. Un “¡Paw!” estaba de más para comprender que había un golpe en escena. Aunque, meditando un poco más, nos ayudaba para poder diferenciar entre un golpe normal y un madrazote.

La onomatopeya es la una disculpa del lenguaje por llegar tarde. Antes de la palabra estuvo el sonido: pum, crash, tic tac. Primero fue el ruido y luego la domesticación del mismo. Decimos “guau” y creemos que imitamos al perro, pero en realidad intentamos replicarlo desde nuestra manera de escucharlo. La onomatopeya no copia al mundo, copia nuestra interpretación de él. Por eso el gallo no canta igual en todos los idiomas y, sin embargo, siempre lo hace al amanecer y lo hemos vinculado a ello. Tal vez hablamos tanto porque olvidamos escuchar; quizá por eso, cuando algo duele, no decimos “sufro”, decimos “ay”. Y ese “ay” es más verdadero que cualquier explicación.

El sonido se vuelve metáfora cuando dejamos de oírlo con el oído y empezamos a oírlo con la experiencia. Chapotear ya no es solo agua, es juego. Susurrar no es aire, es intención. “Boom” pasó de explosión a auge económico. La carcajada no es “jajaja”, es burla, es poder, es superioridad. Croar viene del sonido de la rana. Zumbido viene del “zzzz”. El lenguaje hace algo chidísimo, toma lo físico y lo convierte en psicológico. Creemos que hablamos con ideas limpias, abstractas, racionales. Pero debajo existe un ruido.

Por eso las onomatopeyas persisten. Porque antes de entender la realidad, la escuchamos, la experimentamos. Y lo que no sabemos nombrar… al menos sabemos cómo suena.

La conseja de hoy:

El uso del lenguaje y sus atajos no está mal, solo es cuestión de detenernos a explicar o preguntar el significado de las palabras. Como se dice al terminar algo: “Tan tan”.

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