Memento
“Yo tengo, tengo mi muletilla, para pa, para poderme aguantar…
Y me puedo, me puedo desplomar”
La muletilla – Martina Camargo
Muleta proviene del español antiguo mulet(a), diminutivo relacionado con apoyo o bastón pequeño; a su vez se vincula con la idea de instrumento auxiliar para sostenerse al caminar. El sufijo -illa refuerza el sentido diminutivo: “muletita” o apoyo pequeño. Después el sentido se volvió figurado y pasó al habla como una palabra o frase en la que alguien se apoya constantemente al hablar. La muletilla verbal funciona como una muleta mental momentánea. Un mal hábito que sirve para ganar tiempo mientras piensas, para mantener el turno de palabra, llenar silencios incómodos, hasta apoyar cuando la idea no sale.
Es como si nuestro cerebro, en lugar de tomar una pausa, dijera la primera pendejada que se le ocurra a manera de distracción mientras encuentra la palabra exacta o idónea.
Todas las personas usamos muletillas. Habemos quienes utilizamos palabras, sonidos y hasta ideologías. La realidad es que el uso de muletillas no complementa ni beneficia; por el contrario. Una vez que nuestro interlocutor lo detecta, le puede resultar molesto, porque denota un descuido en la charla, en el lenguaje, en la relación. Parece un monólogo sin alma, solo una verborrea sin sentido
Las muletillas pueden emerger desde un sonido, como el silbidito clásico en el cine mexicano para expresar una afirmación, un “fii” corto y sencillo. Después continúan las muletillas monosilábicas: “eh”, “ah”, “mmm”, “ok”, “va”. Seguidas por aquellas un poco más largas: “este”, “o sea”, “pues”, “sabes”, “bueno”. Aquellas repetitivas: “estuve con, con”, “fui a, a”. Las más complejas ya llevan un poco más de trabajo: “por ejemplo”, “sinceramente”, “en pocas palabras”. Pasando por adjetivos sin contexto como “el famoso…”. En lugar de decir el nombre de la cosa, lugar o persona, anteponer esa palabra indica una mala costumbre, porque quizá solo sea famoso para el emisor. O aquellas muletillas minimizadoras o exaltadoras: “me encanta muchísimo”, “es algo pésimo”, “estoy felicísima”, “me súper encabrona”. Todo esto deja una verdad incómoda: mientras más larga la muletilla, más probable que se maquille algo.
La muletilla que más me enfada es “¿me entiendes?”. ¿Cómo puedo comprenderte si ni tú te entiendes, al grado que usas tantas muletillas? Puede denotar dos cosas. Una, que es una persona tan soberbia que cree que su conocimiento es tan vasto que no resulta digerible para los mortales. O quizá que es una persona tan vacía y torpe que requiere de toda una frase o pregunta para poder enlazar una nueva idea.
La que sigue en mi lista de enfado es una más elaborada, tanto que hasta se hizo trend en redes sociales: “que me dice y que le digo”. Conocí a alguien que me relataba alguna charla con el uso excesivo de esas palabras, dando como resultado hartazgo y cansancio, pues un solo parafraseo terminaba en una especie de canción urbana.
Tal vez todos cargamos alguna muletilla, verbal o moral. El problema no es tenerla, sino encariñarse con ella. Porque llega un punto en que ya no la sostienes tú; ella te sostiene a ti. Lo peor no es hacerse consciente de ella, sino cambiarla por otra.
Por eso conviene revisar de vez en cuando nuestra forma de hablar. No vaya siendo que aquello que usamos para avanzar sea justo lo que nos impide caminar. Porque uno crece el día que deja de apoyarse en frases hechas y empieza a pensar por cuenta propia.
La conseja de hoy
Una muletilla es una manera burda de decir cualquier cosa antes de expresar lo correcto; es hablar antes de pensar en lo que se va a decir. Una vez que se ha observado o encontrado, es preferible sustituirla por una pausa. Como digo yo: “Prefiero el silencio -una pausa- que escuchar alguna pendejada”.


