Misericordia

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Memento

“Take it easy on my heart, even though you
don’t mean to hurt me. You keep tearing
me apart, Would you please have mercy,
mercy on my heart?”
Mercy – Shawn Mendes

La palabra misericordia viene del latín y está formada por dos elementos: miser, que significa miserable, desdichado, necesitado, quien sufre; y cor, cordis, corazón, más el sufijo -ia, que forma cualidades o estados. Literalmente, misericordia significa tener el corazón con quien sufre, o un corazón movido por la miseria ajena. No solo “sentir lástima”, sino una disposición interna que impulsa a aliviar el dolor del otro. Con el tiempo, especialmente en la tradición  cristiana, la palabra tomó el sentido de compasión activa, bondad hacia quien está caído o en falta.

Conozco a una persona que suele proteger mucho a otra en particular. La historia de la segunda es algo telenovelesca, como de película mexicana del cine de oro. Existe una preocupación excesiva, una procuración exagerada, una mirada lastimera.

“Pobrecito” es una palabra que me causa mucha molestia cuando es dirigida hacia mi persona. Me choca que me pobreteen. Creo que ese “pobrecito” presume compasión por parte de quien lo expresa, pero a mí me lastima el escucharlo. Es parte de mi personalidad, porque claro que me gustaría sentir esa preocupación, procuración y cuidado hacia mí, pero proveniente del amor, jamás de la lástima.

Hay una enorme diferencia. La lástima mira desde arriba. La misericordia se agacha. Una humilla al otro con distancia; la otra lo reconoce sin tanto show. Una puede provenir desde el ego; la otra nace desde el corazón, desde el alma.

Y es que soy una persona bastante desprendida. Soy el tipo de persona que se puede quitar hasta el bocado para dárselo a otra persona, hechos que regularmente vienen desde el corazón. Tampoco negaré que soy una persona sumamente manipuladora que gusta de tener el control. En algunos momentos hice cosas para poder tener deudores de favores. Sin embargo, procuro evitarlo, aunque seguramente habrá algunos momentos en los que siga haciéndolo de manera consciente o inconsciente. Procuro hacerlo con misericordia, pues es algo que me gustaría recibir.

Intento hacer o dar las cosas de corazón, aunque en realidad, con el tiempo, debo confesar que sí espero recibir algo a cambio, un agradecimiento al menos. He comprendido que mi interés en ayudar a la gente también es ayudarme un poco a mí mismo, y que si bien lo hago a través de la misericordia, también espero permanecer como un buen recuerdo. Y es que ambas cosas suelen caminar juntas.

A veces uno ayuda porque el otro lo necesita, y a veces porque uno también necesita sentirse útil. Esa es una verdad bastante incómoda. No toda bondad es pura, pero tampoco por eso deja de valer. Hay manos que tiemblan al dar, corazones que mezclan cariño con interés, y aun así alivian cargas. Tal vez la misericordia humana no sea perfecta, pero cuando es sincera vale mucho.

La conseja de hoy

Y en tiempos donde muchos presumen dureza como si fuera virtud, recordar la etimología incómoda, a veces el verdadero fuerte no es el que castiga, sino el que conserva corazón frente al dolor ajeno. Y como dice Mateo en su Evangelio: «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia».

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