PEDAZOS DE VIDA
¿Cómo reparar lo que nunca se ha roto? Y si tu trabajo es reparar… ¿valdrá la pena romperme para estar entre tus manos? No hubo tiempo para dar marcha atrás. Fue un encuentro de aquellos que tanto le gustan al destino y a los escritores de churronovelas: su cabello en pleno acto de la inercia; ropa casual, pantalón y blusa de manga corta; y de la mano un niño de nueve años de edad que no dudaba en mostrar su inquietud por recorrer todo el museo.
Él, Inti, el hippie de ayer también era el hippie de hoy, estaba ahí, junto a la gran Coatlicue, mirándola con los ojos convertidos en soles, sin poder negar el saludo ni el incómodo reencuentro. Se habían encontrado de frente. Luna había madurado con el tiempo, finalmente su cara era de una señora, aunque los soles de sus ojos sostenían la mirada de la muchacha que tanto quiso.
Tras el saludo, vino un abrazo.
—Mira hijo, él es Inti —dijo ella, mientras el pequeño, miraba con atención las rastas del señor que tenía enfrente.
—Se llama Tonatiuh —agregó para completar la presentación.
—Hola Tona —saludó Inti.
—¿Cómo sabes mi nombre secreto? —preguntó el niño.
Inti se incorporó y le dijo que sabía cosas, con una sonrisa en el rostro.
La charla fue muy breve, él era un amigo de mamá. Un amigo que ahora sabía que ella tenía un hijo que se llamaba Tonatiuh, que “casualmente” hace referencia al sol como lo hace Inti en quechua.
Sin más, se despidieron, no se preguntaron por sus vidas, no hablaron de lo que hicieron en los últimos años, estaba claro que ambos tenían otras vidas y al menos para Inti el manantial de la verdad le hizo saber que todo este tiempo no había servido para arrancarse del todo.
Miró al niño partir de la mano de su madre, y los recuerdos comenzaron a florecer. Esa visita al museo para reencontrarse con los dioses antiguos, volvió a pegarle. Le recordó que es un guerrero en tránsito, un águila en vuelo, que hay cicatrices que duelen no por lo que ha sucedido sino por lo que no sucedió.Nuevamente dirigió la vista a Coatlicue, su madre y sonrió como si le hubiera acabado de dar un hermoso regalo.
Salió del museo para pensar en regresar, para buscarla, para saber más, pero no era tiempo, conocía demasiado a Luna para saber que insistir no habría servido de nada. Tonatiuh, el sol. Como aquella vez que le preguntó su nombre y al saberlo le dijo, “significa sol en quechua”, ahora ella tenía un sol, uno mexica, como tenía que ser cada vez que discutían sus nombres.
—Luna es español, mi nombre al menos está en quechua —le había dicho Inti.
Conforme caminaba hacia la estación del metro, los recuerdos se convirtieron en un hermoso mural que lo acompañó en la memoria: dos chamacos vendiendo pulseritas y artesanías en las ferias, durmiendo en hostales o en casa de otros artesanos, compartiendo la jícara del pulque en los tinacales de Hidalgo, Tlaxcala o Puebla, tomando cervezas en las cantinas del Distrito Federal.
Por trabajos de mantenimiento la Línea Naranja del metro estaba cerrada, no le quedó más que seguir hasta Chapultepec. El viento le hizo respirar con todas sus ganas. Llenó los pulmones y luego arrojó el aire como quien quiere expulsar la vida desde adentro.
De pronto, una ligera risa salió de su boca. El recuerdo de la venganza del pedo que le había puesto en la cara a Luna cuando estaba recogiendo la sábana de artesanías, acudió a salvar la trama. No lo dejó respirar. La venganza fue épica. Bajo las cobijas del motel de Guanajuato llenó sus pulmones del pedo más potente que había percibido hasta entonces, mientras ella reía sin parar.
Los conciertos, las carencias, la vida en las calles y en las ferias, el arte y la cultura, todas esas anécdotas que los hicieron pareja, todo eso terminó su hibernación. Se subió al metro y comenzó su travesía: recordó cuando comenzaron a distanciarse, recordó el intento de no ser desleales.
Entonces, en su cabeza apareció la imagen de la pareja con la que hicieron el intercambio, la forma en que ambos se sintieron usados cuando ellos se fueron, los intentos de explorar otras aventuras, de querer algo más con alguien más con la necesidad de seguir juntos.
Luna se había ido, con ella habían desaparecido aquellas faldas enormes que olían a copal y cerveza. La mujer con la que se había encontrado no era ella, trataba de convencerse. En el transbordo aprovechó para echarse un fume en una esquina solitaria de la estación, invocando así a los verdugos de la memoria. Las experiencias con los hongos en Xico, Veracruz, el pueblo que ya era mágico antes de ser llamado así, la experiencia con el tío y otras hierbas fueron un regalo de la vida y de la madre Tierra.
Supieron el momento de irse, y lo tomaron con filosofía del nombre, un sol y una luna pocas veces pueden brillar al mismo momento sobre la tierra, y ese tiempo había sido. Con la gratitud de dos enamorados, frente a una fogata y rodeados de magueyales, decidieron pasar la última noche, sin sexo, sin palabras, abrazados como hace tiempo que no dormían. Con el amanecer, un beso fue la señal de que había llegado el momento de que cada quien agarrara su rumbo.
Al llegar a la casa de su tía, donde usualmente pernoctaba cuando andaba en la capital, sacó de su mochila las pinturas, y se puso a trabajar, entre flores y paisajes comunes, hubo un cuadrito que le dejó un gran alivio, en plena oscuridad se mira la silueta de un desamparado conejo que contempla un eclipse solar. Del otro lado, apenas visibles, los ojos y los colmillos de una serpiente al acecho. Inti tenía una historia, pero seguramente, Luna tendría otra que no fuera tan igual.




