Memento
“Me importas tú, tú si escribes muy bonito, para ti soy libro abierto, escribe en mí: ‘te necesito’”
Libro abierto – Gerardo Reyes
La palabra libro proviene del latín librum, que originalmente significaba “parte interior de la corteza de los árboles”. De hecho, la raíz liber, libri designaba esa capa delgada y flexible que se encuentra entre la madera y la corteza externa: una especie de piel vegetal donde, en tiempos antiguos, se escribía antes de que existieran el papiro o el pergamino.
Así, liber pasó de significar “corteza para escribir” a “objeto en el que se escribe”, y finalmente a “colección de escritos”. De liber se originan librarium, que significa “lugar donde se guardan los libros” (librería o biblioteca), y librum facere, que literalmente significa “hacer un libro”.
Así que, etimológicamente, el libro es lo que nace del árbol —no sólo en sentido físico— sino también simbólico: es la corteza que guarda la memoria, la materia vegetal transformada en palabra.
Leer un libro es un privilegio que no siempre tenemos presente. De entrada, el poder leer ya es una acción que lamentablemente no todos pueden realizar; y aunque el acceso a libros —tanto físicos como digitales— es más sencillo hoy, el dinero que puedes invertir en uno, a veces, tiene que destinarse a otras necesidades.
Para mi fortuna, en casa siempre hubo un mueble con muchos. Recuerdo una mesita de metal color café; ahí estaban algunos de los libros que mi tío Juan nos regaló. Mi padre se encargó de nutrir ese acervo. Posteriormente, a través de la suscripción de Reader «s Digest de mi tío Diego, llegaron algunos más… algo chafas, para ser sincero.
La Biblioteca del Estado, que se ubicaba en Río de las Avenidas, fue un refugio durante algún tiempo. Creo que me quedé con uno de sus libros, pero en mi defensa tuvo un buen fin. Ahí, la señora Reyna —que pasó de ser la bibliotecaria a ser mi amiga— me facilitaba prácticamente el libro que quisiera. Era un buen lugar y me quedaba relativamente cerca.
En el Café de Cynthia había muchísimos libros disponibles para leer mientras bebías un café o una chelita. Los círculos de lectura que se armaban se ponían muy chidos, y comprender los puntos de vista de los demás era la onda. Convivimos personas de distintas edades, estratos y niveles de educación.
Paulo Coelho es alguien muy criticado, pero para mi gusto la trilogía “En el séptimo día” —”En el río Piedra me senté y lloré”, “Veronika decide morir” (que si tú tienes el libro que te presté, devuélvemelo, porfa) y “El demonio y la señorita Prym”— es muy buena, o al menos así la recuerdo.
“La fuerza de Sheccid”, de Carlos Cuauhtémoc Sánchez —quien, lo reconozco, no es un gran escritor—, es un libro que me gusta muchísimo. Lo recuerdo bien y me identifico con él, porque es parecido a lo que hacía en mis cuentos: solía darle una perspectiva distinta a mis recuerdos, haciéndolos menos dolorosos o más emotivos, y a veces incluso más fuertes para que doliera más la lección y pudiera aprenderla. Leer es como vivir muchas vidas en una sola, la tuya. Procuro releer ese libro de vez en vez, para saber cómo ha cambiado mi forma de percibirlo.
Con “Platero y yo” aprendí a tomar y leer un libro, pero con “El viejo y el mar” aprendí a sentir lo que leía. En mi mente vive perenne la imagen que creé de las manos del pescador que describió Ernest. Con “Picardía Mexicana” encontré un lenguaje que vive y crece dentro del que coloquialmente hablamos.
Escribir se vuelve un gusto. Que alguien lea lo que tu mente plasma en letras es un honor y un lujo; no se puede pagar con algo a cambio —salvo cuando te vuelves best seller, claro—.
La conseja de hoy:
Al leer conoces lugares: reales o imaginarios; conoces personajes y la visión de cada uno. No es que conozcas un mundo: conoces un universo en tan solo un libro.
Lean, aunque sea las instrucciones del champú, pero lean. Y, por amor de Dios, quítense esa frase que dice: “Tonto quien presta un libro y más tonto quien lo regresa”.



