Las fotos que el celular no puede tomar

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El 19 de agosto se celebra el Día Mundial de la Fotografía, y podríamos hablar de filtros, encuadres o de cómo conseguir esa foto en la que casualmente todos salimos guapísimos. Pero hay fotografías mucho más difíciles de borrar: las que no están en el celular, sino en el cuerpo.

Hace casi dos siglos, Louis Daguerre presentó el daguerrotipo y nos enseñó a congelar un instante. Desde entonces nos encanta guardar momentos como si pudiéramos detener el tiempo. El problema es que nuestro cerebro no funciona como una cámara, no almacena los recuerdos como archivos intactos. Cada vez que recordamos algo, lo reconstruimos.

Por eso un mismo recuerdo puede cambiar dependiendo de cómo estamos hoy. Una historia que ayer nos parecía preciosa puede sentirse dolorosa después de una ruptura o una infancia que recordamos como perfecta puede tener escenas que nuestra memoria dejó fuera. Y mientras la mente hace sus collages, el cuerpo conserva otra clase de información.

¿Nunca te ha pasado que ves una fotografía vieja y, sin entender muy bien por qué, sientes un nudo en la garganta, presión en el pecho o el estómago hecho piedra? La foto no hizo nada. Pero quizá esa imagen está conectada con una experiencia que tu sistema nervioso todavía reconoce.

Porque el cuerpo no trabaja con calendarios. No sabe que aquello ocurrió hace diez, quince o veinte años. Si una experiencia fue intensa, dolorosa o aterradora, ciertas señales pueden quedar asociadas a ella. Entonces alguien levanta la voz, hace un gesto o utiliza un tono parecido al de aquella persona y, de pronto, tu cuerpo reacciona antes de que tu cabeza alcance a decir que eso no está pasando. No estás exagerando. Tu sistema nervioso aprendió una asociación.

En terapia somática hablamos de memoria procedimental: aprendizajes que no siempre podemos explicar con palabras, pero que aparecen en la forma en que el cuerpo responde. Es el sobresalto ante un ruido, la mandíbula que se aprieta, los hombros que se tensan o esa necesidad automática de desaparecer cuando algo se siente amenazante.

Por eso “ya pasó, supéralo” sirve más o menos lo mismo que decirle a alguien con frío que deje de tenerlo. El sistema nervioso no entiende de regaños. Entiende de experiencias de seguridad.

Así que la próxima vez que un recuerdo te active, en lugar de preguntarte únicamente “¿por qué sigo así?”, prueba con algo más sencillo: ¿Qué está pasando en mi cuerpo? ¿Dónde está la tensión? ¿Hay presión, calor, vacío, temblor? No necesitas quitarlo inmediatamente. Primero puedes observarlo.

También vale la pena separar el hecho de la historia que construimos alrededor. Una cosa es lo que ocurrió y otra muy distinta lo que creo y pienso que pasó. El recuerdo es una cosa; la interpretación que hemos pegado encima es otra.

Sanar tampoco significa borrar la fotografía. El trabajo terapéutico puede ayudarnos a cambiar el lugar que ocupa esa imagen, dejar de tenerla en la portada y colocarla en un álbum que podamos mirar sin volver a vivirlo.

Porque sí: lo que pasó, pasó. Pero que haya pasado no significa que tenga que seguir pasando dentro de ti.

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