AGENDA EDUCATIVA
Semanas atrás comenté en este espacio la regulación de los celulares. El recuento incluyó la conformación del tema en la agenda pública, sus primeras regulaciones en los estados y el Acuerdo federal, así como algunos desafíos. El tema nuevamente vuelve a la discusión pública por una razón: el plazo para la regulación se cumplió este martes 3 de noviembre (Boletín Sep, 363). ¿Qué queda pendiente? En el plano de la implementación, las acciones en el aula y la participación de las familias.
Entre el 9 y 11 de septiembre de este año, la Sep había empezado con una serie de jornadas en planteles de educación básica con el propósito de recuperar los juegos individuales y de grupo que forman parte de la historia, identidad y cultura de México (Boletín Sep, 290). La cobertura fue de 3 mil escuelas públicas.
Una vez que ha comenzado la implementación de este Acuerdo, la política de regulación de los celulares en las escuelas se acompaña de otra jornada nacional denominada «Apaga el celular, enciende la imaginación». No hay mayor detalle sobre su duración y cobertura: si será por un tiempo definido o tendrá carácter permanente. La diferencia con la primera jornada radica en que aquí la preocupación es el fomento a la lectura.
A mi juicio, la estrategia es adecuada, pero insuficiente si no se apuntala con acciones de mayor calado. En efecto, en las escuelas habría que fomentar el juego y la lectura. El juego es un componente fundamental de la experiencia escolar. Lo que sostiene la vida cotidiana de la escuela no son únicamente los contenidos, sino también la socialización; es decir, la convivencia que se establece entre los niños que van a la escuela porque ahí están los amigos, el novio, la novia. En esa socialización se dialoga y se juega. Por ende, la escuela no solo tiene que permitir, sino fomentar el juego.
Sin embargo, la lectura y la escritura no obligatoria, aquella que se produce por placer y gusto, casi no sucede de esa manera en la escuela, por varias razones: la disposición y acceso a las bibliotecas escolares, porque la lectura y escritura son procesos individuales, de silencios y espacios para ello, pero también porque no se fomentan ni encuentran fomento y continuidad en casa.
Lo que tenemos en casa, con los hijos, es el celular y las redes sociales y prácticamente la ausencia del libro, la lectura y la escritura por placer. ¿Esta realidad se verá cuando los celulares dejen de utilizarse en la escuela y ocupen mayor protagonismo en el hogar? Tengo la sospecha que el uso del celular y el consumo de las redes sociales podría aumentar.
Frente a este posible escenario la escuela puede desarrollar estrategias. Un punto de entrada podría darse en las discusiones en los Consejos Técnicos Escolares, para construir un diálogo con los padres de familia y reflexionar sobre la importancia de acompañar la educación de sus hijos. La regulación de los celulares en las escuelas también tendría que abrir una conversación sobre lo que sucede en casa: el tiempo dedicado a las pantallas, el acceso a las redes sociales y, sobre todo, las oportunidades para jugar, leer, conversar y convivir. Al final, la formación de los niños y jóvenes es una tarea compartida que no termina cuando salen de la escuela.


