RETRATOS HABLADOS
No, en definitiva las cualidades fundamentales para que algún día tengamos gobernantes ideales, no son únicamente que no sean mentirosos (no mentir), tampoco ladrones (no robar), y ajenos al espíritu de Judas Iscariote (no traicionar). Por supuesto que son necesarios esos atributos, pero sin sabiduría, sin desapego (al dinero y a la fama), sin templanza (para no ser presa de sus impulsos y pasiones) y sin prudencia, aun cuando en un mundo ideal cuatroteista cumplan con los tres mandamientos de la 4T, los resultados serán lamentables, patéticos y preocupantes.
La tradición clásica ya nos advertía que la política no es un ejercicio de buena voluntad, sino una ciencia de la complejidad. Platón, en su alegoría del barco, señalaba que nadie entregaría el timón de una embarcación a alguien que, aunque sea «buena persona», desconozca el arte de la navegación. Para el filósofo, el gobernante debe poseer la “phrónesis” o sabiduría práctica, pues la honestidad sin capacidad técnica es una negligencia disfrazada de virtud. Un líder sin preparación es como un cirujano con principios éticos, pero sin conocimiento de anatomía: el paciente morirá de todas formas, aunque el médico no haya tenido intención de dañarlo.
Esta necesidad de profesionalismo y razón fue elevada a su máxima potencia por la Ilustración francesa. Montesquieu, en El espíritu de las leyes, argumentó que la virtud política no es una disposición anímica, sino el respeto absoluto a las leyes y la moderación. Para él, «todo hombre que tiene poder siente la inclinación de abusar de él», por lo que la única garantía de justicia no es la bondad del individuo, sino la arquitectura de las instituciones. La gobernanza depende de la estructura, no del sermón; de los frenos y contrapesos, no de la pureza de sangre o de intención.
Por su parte, Voltaire criticó ferozmente la idea de que la ignorancia pudiera ser una base legítima para el mando. El pensador francés sostenía que el mayor enemigo de un pueblo no es solo el tirano corrupto, sino el fanático convencido de su propia santidad. La razón ilustrada exige que el gobernante sea un intelectual del bien común, capaz de analizar datos, entender la economía y prever consecuencias, pues como bien sugería Rousseau en El contrato social, la voluntad general requiere una inteligencia superior que pueda ver las pasiones humanas sin ser presa de ellas.
Finalmente, desde una perspectiva contemporánea, autores como Max Weber o Jürgen Habermas han subrayado la imposibilidad de fundamentar la gobernanza de una nación moderna exclusivamente en principios personales o carismáticos. Weber distinguía claramente entre la «ética de la convicción» (actuar según principios rígidos y personales) y la «ética de la responsabilidad» (responder por las consecuencias reales de las decisiones).
Hoy entendemos que un Estado no puede gestionarse como una extensión de la moralidad privada. La gobernanza actual exige una ética pública basada en la eficiencia, el derecho y la técnica. Pretender que la honestidad personal sustituye a la competencia profesional es un error histórico que condena a las naciones al estancamiento, pues el destino de millones no puede quedar sujeto al estado de ánimo o a la supuesta rectitud de un solo hombre, sino a la solidez de un sistema que funcione incluso cuando los hombres fallan.
Y no, no son pensamientos recién descubiertos. Son de tiempos históricos, en los que ya alertaban sobre la imposibilidad de tener un buen gobierno a partir de decisiones tomadas, como si fueran producto de una “iluminación” casi divina.
La historia está ahí. Las consecuencias de ignorarla, también.
Mil gracias, hasta mañana.




