La educación y el humanismo mexicano en la 4T

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Durante el gobierno de AMLO, el humanismo mexicano apareció como un discurso político inacabado. Se expresó a través de frases recurrentes como “no robar, no mentir, no traicionar al pueblo” y “por el bien de todos, primero los pobres”.

En el mundo de la política, estas expresiones se volvieron parte del lenguaje cotidiano de los integrantes del partido Morena. En el mundo de la educación, el humanismo mexicano comenzó a incorporarse al modelo educativo denominado Nueva Escuela Mexicana y a la nueva familia de libros de texto gratuitos. El humanismo mexicano también ha sido recuperado por Sheinbaum y aparece de manera explícita en el Plan Nacional de Desarrollo 2025-2030 y en el Programa Sectorial de Educación 2025-2030 como un modelo de desarrollo basado en principios como el bienestar, la justicia social y la sostenibilidad.

Entonces, el humanismo mexicano empieza a adquirir mayor claridad y a configurarse como un conjunto de principios ético-políticos que pretende ofrecer una alternativa al neoliberalismo. Los principios que dan forma al humanismo mexicano remiten a la función del Estado y a su compromiso con aquellos sectores históricamente excluidos: los pobres, los grupos vulnerables y, en términos de este discurso, el pueblo. Uno de los componentes centrales de este planteamiento es la idea de que el Estado debe contribuir a construir un nuevo pacto social.

Este planteamiento también contempla un ideal de ciudadanía y vida pública sustentado en la justa medianía, la honradez y la honestidad. Se contrapone así a la corrupción, el dispendio, la suntuosidad y la frivolidad que históricamente se han asociado con el ejercicio del poder. Quizá por ello, una de las principales críticas al humanismo mexicano no se dirige necesariamente contra sus principios, sino contra la distancia que puede existir entre esos principios y las prácticas de quienes los sostienen desde el gobierno. Si un proyecto político pretende formar una nueva cultura pública, la congruencia entre discurso y práctica resulta indispensable.

En el gobierno de Sheinbaum también se advierte la continuidad del humanismo mexicano en el modelo educativo de la Nueva Escuela Mexicana y en su extensión hacia los distintos niveles educativos. Sin embargo, el humanismo mexicano empieza a encontrarse con la realidad cotidiana de las instituciones educativas y, sobre todo, con lo que ocurre dentro de las aulas.

Quizá por ello no basta con crear nuevas escuelas, ampliar la matrícula y aumentar las oportunidades de acceso a la educación. Estas medidas son necesarias para disminuir las desigualdades educativas. Pero, al final, uno de los mayores desafíos del humanismo mexicano ocurrirá en el aula: en aquello que se enseña, en la manera en que se enseña y, sobre todo, en la formación de las nuevas generaciones. Ahí será posible saber si el humanismo mexicano logra convertirse en una propuesta educativa de ciudadanía con capacidad para transformar la realidad o permanecer como un discurso político más.

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