Memento
“Con kintsugi sanas mis heridas, me haces querer volver a verme, esta
es la única vez que tendrás que arreglarme, prometo ser fuerte”
Kintsugi – Humbe
La palabra Kintsugi proviene del japonés: kin, que significa “oro”, y tsugi, que significa “unión” o “empalme”. El término nombra una técnica tradicional para reparar cerámica rota utilizando laca mezclada con polvo de oro, de modo que las grietas no se esconden, sino que se resaltan. Según la tradición, esta práctica se popularizó en el siglo XV cuando el shogun Ashikaga Yoshimasa envió a reparar una taza de té rota y, decepcionado por los burdos remaches metálicos con que se la devolvieron desde China, artesanos japoneses buscaron una forma más estética de restaurarla. Así nació una técnica que, más allá del oficio, terminó convirtiéndose en una metáfora de vida, el Wabi-sabi: la belleza reside en las huellas del tiempo, en las fracturas asumidas y en la historia que queda marcada, como oro, sobre aquello que alguna vez se rompió. Se encuentra la belleza en la imperfección, la impermanencia y la simplicidad
Hace tiempo escuche a una persona decir: “Espero un abrazo tuyo para que reúnas todas mis piezas rotas” ¡Patrañas!. Claro que la frase se escucha romántica, si lo vemos desde un contexto de cine mexicano de la época de oro, o una telenovela de los noventas. Creo que lamentablemente así fuimos criados, con esa codependencia donde esperamos que “alguien” venga y nos repare.
La realidad es distinta, ni a Voldemort le funcionó separar su alma en siete horrocruxes para recomponerse después. No creo que eso sea imposible. Habrá quien pueda reconstruirse en soledad, y a su manera. Sin embargo, creo que es algo que puede ser más sencillo al realizarse con acompañamiento. Y esa es parte de la función que tiene un psicoterapeuta, no unir las partes, pero si ayudarte a distinguir cada una de ellas, la forma y como es que concuerda con otras, el oro que puede ayudar a soldarlas son las herramientas de cada persona. No es tapar la grieta, es reconocerla como parte de la forma.
Uno no dice “estoy roto” mientras sonríe. Se siente. Se nota cuando algo deja de encajar consigo mismo. Cuando lo que antes era natural -hablar, confiar, quedarse- se vuelve extraño. Como si la propia vida ya no terminara de embonar consigo mismo. De pronto ya no te entiendes. Lo que antes te hacía sentido, ahora te incomoda.
No es como que se te caiga un pedazo de ti en la sala y alguien diga “ah mira, aquí está tu autoestima, déjame te la pego”. No somos pedazos esperando ser unidas, somos experiencias intentando comprenderse.
Por eso, el trabajo terapéutico no consiste en unir piezas como si la persona fuera un objeto. Ningún psicoterapeuta serio juega a ser pegamento. Su función es otra, más incómoda y más honesta: acompañar a que uno mire sus propias fracturas sin huir, distinguirlas, nombrarlas, y poco a poco aprender a convivir con ellas.
El oro aparece cuando la persona logra darse cuenta de sí misma. Reconocer qué le duele, cómo le duele y desde dónde se rompe. El oro eres tú, cuando empiezas a entenderte.
Creemos que sanar significa volver a ser quienes éramos antes. Como si después del divorcio, la pérdida, la decepción, etcétera, tuviéramos que regresar a la versión anterior de nosotros mismos. Y es que ya no somos los mismos, y ¡qué bueno! Hasta las cicatrices cambian la forma en que uno se mueve, piensa y quiere. A veces significa aprender a vivir con la nueva forma que adquirimos. Pues las cicatrices tienen algo que contar.
La conseja de hoy
El “kintsugi psicoterapéutico” no trata de que alguien te repare. Trata de que dejes de huir de la versión de ti que quedó después de una rotura. No es volver a ser el de antes, es integrar lo que duele. Y es que no es lo mismo hacer kintsugi que pegar piezas con kola-loka y bicarbonato. Y entender que, al final, todos somos un poco -como dice la gente- «Jarrito de Tlaquepaque».



