MEMENTO
“Policía del karma, he dado todo lo que podía, no es suficiente,
he dado todo lo que podía pero seguimos en la nómina”
Karma police – Radiohead
La palabra karma proviene del sánscrito karman, que literalmente significa “acción”, “acto” o “hecho”. Originalmente, karman designa el acto mismo de hacer algo, sin carga moral. Con el tiempo, especialmente en el pensamiento hindú, budista y jainista, el término adquirió un sentido ético y metafísico: toda acción genera una consecuencia que recae inevitablemente sobre quien la realiza. En muchas lenguas modernas, incluido el español, karma se usa de forma más general, o incluso coloquial, para referirse a una retribución inevitable, un destino merecido o la energía moral acumulada de los actos de una persona.
El sánscrito es una lengua indoeuropea, del mismo tronco lingüístico que el latín, el griego o el persa. Se desarrolló en el subcontinente indio hace más de 3 mil años. Su nombre significa literalmente “perfeccionada”, “pulida” o “refinada”, en contraste con las lenguas populares o vernáculas de la época. Era, en otras palabras, una lengua de cultura y conocimiento: un idioma culto, normativo y ritual. Hoy ya no es una lengua hablada cotidianamente, pero sigue viva.
El karma existe, porque todas las tareas que no hice cuando cursé la escuela, las hice cuando mis hijos la cursaron.
Durante mucho tiempo intenté nivelar la balanza Dharma-Karma de mi vida. Procuré hacer cosas buenas, ser buen amigo, actuar como me gustaría que alguien actuara por mis hijos. Pero durante el proceso caí del otro lado: el lado ansioso, aquel que se vuelve aprensivo, exigente, temeroso. La ansiedad lleva al miedo, el miedo a la ira, y la ira al lado oscuro. Dejé de buscar la redención y traté de vivir tranquilo.
Hay quien lo llama destino, justicia divina o mala suerte. Que el karma solo hace su trabajo: devolvernos la versión corregida de nuestros actos. No hay karma bueno -dharma- ni malo. Mucho de nuestro comportamiento lo hemos aprendido con base en consecuencias: “Pórtate bien o no te traerán nada los Reyes Magos, Santa Claus o el Niñito Dios”, o “Haz cosas malas —peca— y Diosito te castigará”. Si haces las cosas bien, irás al cielo; de lo contrario, al infierno. Algo mucho más terrenal sería: comete un delito y probablemente irás a la cárcel. Pero la realidad es distinta; muchas veces, aun siendo muy mal portado, los Reyes se mochaban. He visto a personas persignarse con la derecha y dar cachetadas con la izquierda, al parecer con la venia de Dios. Entonces, parece que no hay “karma como castigo”, sino un karma que refleja lo que hiciste: las consecuencias, si llegan, las vivirás o no.
No porque seas vegetariano un tigre dejará de comerte. La vida no es justa, y ni Dios ni el karma van a castigar a quien se comporta de manera distinta a la que quisiéramos. Solo nos queda comportarnos lo mejor que podamos, por principios, valores y empatía… tan solo porque quizá no nos gustaría que nos hicieran a nosotros lo que hacemos a los demás.
La conseja de hoy:
Hay quien piensa que mi filosofía samaritana es para redimir mi karma. En realidad, lo hago para tener saldo a favor y portarme mal a gusto. Algo así como un karma de prepago… y como diría mi psicoterapeuta: “El karma no es el cobro de la vida, es el reflejo de tus pendejadas”.


