Eterno invierno

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LAGUNA DE VOCES

El día que llegaron las lluvias y el frío en plena primavera, comprendimos que no era un asunto del planeta que había decidido modificar su andar por el Sistema Solar, sino de nosotros, los que habitamos un recóndito lugar de su geografía, y que desde hacía mucho tiempo teníamos en mente clausurar la temporada de calor por otra más acorde a nuestras dolencias del corazón, para no desentonar con los alegres viajantes de estos días que debieran guardarse para pensar, aunque sea un poquito, en la razón de ser de la Semana Santa. Pero bueno, es asunto de cada quien recordar el viacrucis, o vivirlo con el calvario a tres caídas por tanto consumo de bebidas espirituosas.

Desde temprano se soltó el viento en la fecha marcada por el calendario para que, de manera casi oficial, desapareciera, con tintes de asunto definitivo y eterno, la estación del año en que de alguna forma la vida se vuelve menos pesarosa, preocupante, pero, sobre todo, menos triste. Es una promesa que nos hace la existencia desde que tenemos uso de razón, pero de un tiempo a esta parte, incumplida a la menor provocación.

A veces tenemos la certeza absoluta de que es causa de nosotros mismos, que no damos espacio sincero y honesto a la felicidad, aunque bien sabemos no existe de la forma en que la concebimos desde niños, y sí en cambio al modo adulto, ese que con bastante frecuencia anula ese compromiso y de buenas a primeras acaba por amargarnos la vida.

Es una lástima que así sea, y que finalmente nos acostumbremos a decir que sí, que así son las cosas, y contra eso nada se puede hacer, como no sea quedar sentados en la banqueta y mirar y mirar para ninguna parte, porque no atinamos a encontrar el origen de semejante golpazo que nos dio, no tanto en el corazón, sino en la mera barriga al grado de dejarnos sin aire.

No habrá primavera, pero a como vemos en estos tiempos que se las gasta el hacedor de los climas, puede que cambie de opinión, pero por lo mientras a uno ya lo dejó con un profundo sentimiento de que, si no hay palabra de honor por parte del planeta, menos en simples mortales creídos como somos, de las esperanzas sin futuro alguno.

Tendrían que latir más corazones para arrancar de nueva cuenta el motor único de las ilusiones, y esas sí que provocan semejantes calores, que hasta sale vapor de la tierra. Pero a muy pocos les importa esta posibilidad, y han aceptado con resignación simulada, que así está bien, que no importa, que además mejor invierno eterno que primaveras llenas de negocio y cosas inventadas, por ser más asunto de la mercadotecnia que de sentimientos.

Confuso, raro este mundo, pero fundamentalmente estos tiempos que todavía nos ha tocado vivir, y que no hacen sino confirmar que empezamos a mencionar nuestra época como si deveras hubiera sido mejor que esta, la que hoy por hoy domina un demente como Trump, al que nos topamos cada segundo en las “benditas redes sociales”, como las llamaba aquél. Pero la realidad es que no, que con bastante regularidad es lo mismo, y los que reclaman porque “sus tiempos” habían sido la maravilla, de uno en uno, a veces de dos en dos, un día de repente desaparecen para nunca volver, hasta que toda esa generación que hablaba de su pasado como la mejor época de la Tierra, simplemente se extinguen, y entonces ya nadie reclama.

Estamos condenados al olvido, en vida y en muerte, y poco o nada se puede hacer contra esa dramática verdad. Olvido en vida cuando los azares del destino de pronto nos separan, y comprobamos que unos días, unas semanas, bastan para que eso suceda de manera irremediable.

En muerte cuando solo unos cuantos se asoman al recuerdo, y peor aún en estos tiempos de invierno eterno, como si los guardianes del hielo se hubieran quedado a vivir aquí mero, en Pachuca.

Mil gracias, hasta mañana.

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