El Juicio 

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PEDAZOS DE VIDA

Qué triste es no poder llorar cuando ya estás muerto. 

Hace dos meses me desahuciaron, me quedan dos más para seguir y el último me iré de aquí. No quiero que ellos estén durante este proceso. Siempre soñé con una muerte rápida y repentina; sin embargo, en sesenta y un días he comprendido que nadie se va de esa forma. Todos, sin excepción, activamos un mecanismo de cuenta regresiva en cuanto comenzamos a respirar.

Algunos traen un calendario; otros, un horario. Hay quienes activan un minutero y también aquellos que cuentan con un segundero. Me queda claro que, en este cálculo atroz, todos hemos comenzado la carrera por no morir, aunque la meta es lo inevitable. 

¿Qué caso tiene decir que estoy mal? ¿Para qué contar una y otra vez que sabrán que muero porque se los he dicho? ¿Qué caso tiene negarles mi repentina muerte y la sorpresa de que supe el tiempo aproximado? Ningún caso, ninguna razón hay. Quiero imaginar la cara de Hortensia, cuando se entere de que me robó toda una tarde para llorar por un hombre en espera de un consejo que jamás atendió y que ni por memoria, lo puedo apostar, entenderá. Está pendeja la sobrina, ¿qué puedo yo hacer?

  • Nunca. Nunca se te va a quitar lo cabrón. ¿Pero qué puedo decirte? Sé que al final creerás que has tirado varios minutos aquí. Aunque tampoco me engañas. Si has venido hasta aquí es porque algo te trajo. Dime, ¿qué estás pensando?


Le acabo de decir a Yeshua que el problemón en el que está metido, por tanta deuda, no es nada. Que tiene tiempo para pagar y que nada más es cosa de que vaya administrando todo. ¿Es extraño, no? 

Necesitas quedarte sin tiempo para saber que no hay problema más grande. No te creas, ha sido divertido ver cómo la enajenación tiene dominados a todos, tanto que irme a estas alturas de la vida me parece estar en tiempo exacto. Con nada más imaginar lo que se contarán unos a otros mientras velan mi cadáver, me doy por bien servido. Es una forma de robarles esa alegría que no han podido compartir porque no saben que están frente a un cadáver. 

Ayer velamos al Gil y hoy fuimos a enterrarlo, hace un mes, estuve con él para despedirme, como he intentado estar con todos los que quiero ver antes de irme. Aunque ya sé que no habrá forma física con algunos, al menos con los cercanos es lo que estoy haciendo. Hace tiempo vi una película de un miserable hombre al que le dicen que se va a morir y se avienta a vivir sin freno sus últimos días. Qué bueno que viví lo suficiente y que no tuve que esperar este momento para comenzar a hacer algo que entendí hace tiempo.

Yo sabía que me estaba despidiendo; el Gil ni siquiera tenía idea de que no nos volveríamos a ver. La sorpresa fue que se murió antes que yo. Qué feo ha de ser morirte sin poderte despedir. 

Ayer vi que hay unos viajes en helicóptero en los que te puedes aventar en paracaídas. Estuve toda la noche pensando en eso. No son caros. Aunque, después, imaginé que me estrellara en el suelo porque, así como está la situación, se antoja una postal macabra. No me dio miedo, pero pensé en la carita y el cuerpo que dejaría para todos los pinches chismosos de la colonia, que seguramente llegarían nada más para ver cómo quedaron mis restos de humanidad. ¿Quién soy yo para negarles la guapura de mi rostro? Sí, ya sé, aunque toda la vida hayan dicho que soy feo, quizá una vez en el cajón alguien me mira bien y dice que, además de joven y bueno, también me veo guapo. 

Voy a dejar escrito que quiero que sirvan el café bien caliente y que no den otra cosa que no sea pan de dulce, para que cuando se reúnan en la casa haya quien les diga que mi última voluntad era que brindaran con café de olla. Seguro que recordarán este verano por la muerte, por el café con olor a canela y por las pinches quemadas de lengua. 

  • Bueno, pues seguramente así será. Qué puedo decirte, sino que siempre haces lo que te da la gana. Nunca cambiaste, fuiste la rama torcida del árbol familiar y, a pesar de todo esto, me dejas desarmado para decirte algo más. Muchas veces tú fuiste mucho más para mí e hiciste mucho más por mí que lo que yo habría podido hacer. No te creas, desde aquella vez que viniste con las hojas de tus resultados, este dolor está aquí y, lo peor de todo, con tu maldito masoquismo, te has atrevido a ponerlo en este pecho que debe ser una tumba de silencio. 

No creo que me vaya a encontrar a papá. Lo dudo. No porque crea que me voy a ir al infierno y él esté en el cielo. Estoy confiado en que no volveremos a vernos, que la muerte es el fin, no el comienzo. Si ahora creyera diferente, toda mi vida en completa aceleración se iría al carajo nada más de pensar que cada una de mis aventuras y fracasos estuvieron rondando el «sólo se vive una vez». Pinche quemada de pelos que le puse a doña Rosita cuando intentaba prender los cirios nuevos en aquel velorio. Nunca volví a sentir un dolor tan grande. 

  • ¿Has pensado lo que pasará con tu madre?

Nunca fue mi intención, aunque parezca lo contrario, darle un dolor tan grande. Ese dolor que sólo puede causar la sorpresa de que alguien «se adelante», no en la forma en que todos dicen, sino porque todo el tiempo has creído que, por ley natural, serás sepultado por tus hijos, sin pensar jamás en la posibilidad de acudir al funeral de uno de ellos. 

Sin embargo, esto fue siempre un riesgo. Tampoco puedo decirte que es la primera vez que estoy al borde de la extinción. 

Después de todo, los noventa y un días que quedan, ahora me parecen una exageración. No me mires así, ya te dije que no me iré como un vulgar suicida, y no por cobardía, sino porque no pienso darles el gusto de que no hablen de mí sino de la forma en que encontraron mi cuerpo, eso sí, desnudo y con el pene entumido. ¿Tú crees que dejarían el tema a un lado? 

En fin, ya no te quito más el tiempo. Seguro estoy de que hay mucho que hacer. Solo te pido que no te preocupes más y que no me des penitencia porque, como te habrás dado cuenta, no hay tiempo para rezar cuando hay tanto en que actuar. ¿Sabes? Tantas veces le reclamé a Dios por haberme quitado a un hermano y hoy agradezco que tengo un hermano embajador que interceda por mí. ¡Ahí te encargo, eh!

Nada más vine para hablar con el sacerdote, pero no puedo evitar pedirte que te seques las lágrimas y me des un último abrazo. No olvides que quiero mi velorio con cruz de cal, treinta y dos crucecitas hechas de palma, mis huaraches y un palito de rosa para cruzar con bien. Y no se ensañen con las misas, no vaya siendo que por tanto asomarme me quede atorado aquí y luego les jale las patas. 

Ahora seguiré mi despedida, sin despertar sospechas y sin que nadie se pregunte por qué ando tan seguido por acá. Si todo sale conforme a las cuentas, me iré en la fiesta de María Magdalena y habrá quema de toros, bonita música de fondo…

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