RETRATOS HABLADOS
“Un político pobre, es un pobre político”, afirmó el entonces gobernador del estado de México, Carlos Hank González, y la aseveración puede interpretarse de muy diversas maneras: una, que, sin dinero, de llegar a un cargo importante, lo usará para dejar de ser pobre, y otra, que la falta de recursos económicos, lo convertirá en rehén de quienes lo apoyaron para llegar a esa responsabilidad. Pareciera que ser de cuna fina, daría como resultado alguien que “no tiene necesidad de robar”, aunque en los hechos concretos, resulta que quien no tiene, tal vez se conforme con lo que logre, pero el que ya es poseedor de una buena fortuna, hará todo lo posible para que sea de nivel súper latino.
El hecho es que la frase del hombre que casi logra la candidatura presidencial, y que para muchos es el arquetipo del político de antes, es decir de absoluta capacidad para ser un seductor profesional de los ciudadanos, es una verdad a toda prueba.
Y el asunto fundamental es si primero es el poder y luego la riqueza, o la riqueza atrae el poder. Hagamos un recuento histórico sobre este asunto, no solo en México sino en el mundo entero:
La premisa de que un líder acaudalado no robará porque «ya lo tiene todo» es un pilar recurrente del populismo empresarial o plutocrático. Sin embargo, la ciencia política y la historia demuestran que la riqueza previa no inmuniza contra la corrupción; a menudo, simplemente cambia la naturaleza y la escala del saqueo.
En Estados Unidos, el fenómeno de la plutocracia ha mostrado ambas caras. La familia Kennedy o la figura de Michael Bloomberg promovieron la idea del servicio público financiado con independencia. No obstante, el caso de Donald Trump redefinió el debate: la llegada de un magnate inmobiliario a la Casa Blanca expuso tensiones sin precedentes sobre los conflictos de interés corporativos, el nepotismo y el uso de la estructura estatal para beneficiar marcas y negocios personales, cuestionando la noción de la «autofinanciación» como sinónimo de ética.
En América Latina, la experiencia confirma que el dinero no frena la ambición política ni mercantil. En Chile, Sebastián Piñera enfrentó constantes críticas y controversias éticas relacionadas con el manejo de sus fideicomisos ciegos y negocios en el extranjero mientras ejercía la presidencia (como el caso Dominga).
En Italia, Silvio Berlusconi transformó la política europea al poner los recursos del Estado al servicio de su imperio mediático (Mediaset), promulgando leyes a la medida para protegerse de procesos judiciales, fenómeno que los politólogos denominaron la «captura del Estado».
En el contexto de México, la sentencia de Hank González sintetizó el modelo del régimen del PRI, donde la política era el camino más rápido para amasar grandes fortunas a través de contrataciones públicas y favoritismo. Con la transición democrática, la entrada de empresarios al poder —como Vicente Fox— no eliminó el tráfico de influencias, sino que institucionalizó el cabildeo y la privatización de las decisiones públicas.
¿Qué dicen la ciencia política y los teóricos?
Politólogos y sociólogos han desmontado la falacia del magnate incorruptible:
Max Weber: En La política como vocación, diferenció entre «vivir para la política» y «vivir de la política». Aunque advirtió que quienes no tienen patrimonio independiente pueden verse tentados a usar el cargo para su sustento, no sugirió que los ricos fueran inmunes a la ambición de poder y acumulación.
Joel Hellman y Daniel Kaufmann: Conceptualizan la «captura del Estado»), el fenómeno donde élites económicas y actores privados manipulan la formación de leyes, decretos y políticas públicas en su beneficio. Para un millonario en el poder, la corrupción rara vez consiste en robar fajos de efectivo; consiste en reescribir las reglas del juego económico para multiplicar su patrimonio.
Susan Rose-Ackerman: Investigadora experta en corrupción, señala que los incentivos de la ambición humana no tienen un tope financiero. La acumulación de riqueza y la acumulación de poder se retroalimentan mutuamente.
Así las cosas: un político millonario no garantiza en absoluto que no será corrupto. En muchos escenarios, puede resultar ser todavía peor. Mientras que el corrupto tradicional busca el enriquecimiento ilícito directo, el multimillonario en el poder posee los recursos y el capital social para moldear las instituciones del Estado a favor de sus intereses de clase o corporativos.
Un líder sin contrapesos ni convicción ética, independientemente del tamaño de su cuenta bancaria, transformará el poder público en un instrumento de beneficio privado.
Mil gracias, hasta el próximo lunes.


