DES-prográmate y Ámate
Este 18 de junio se conmemora el Día Internacional para Contrarrestar el Discurso de Odio. Suena bonito, ¿verdad? Salir a frenar el odio en redes, en la calle, en la oficina. Pero llevo días dándole vueltas a una idea incómoda: ¿y si la voz más odiosa que escuchamos no viene de nadie más que de nosotros mismos?
Todos tenemos esa vocecita interna. No la que te recuerda apagar la luz, hablo de la otra. La que dice “estás bien menso”, “haces todo mal”, “eres un caso perdido”. No estamos rotos por tenerla. El problema no es la cabeza: el problema es que esa voz se volvió dueña de la casa.
La semana pasada perdí las llaves, diez minutos buscándolas y estaban donde siempre. ¿Fin de la historia? No. Porque en esos diez minutos mi cabeza me dijo que era un desastre, que siempre pierdo todo, que soy un caos. Todo por unas llaves. ¿No te ha pasado? Se te cae un vaso y ya eres torpe crónico, llegas cinco minutos tarde y ya eres irresponsable, olvidas un nombre y ya eres mala persona. No es que nuestra cabeza sea mala: es que le enseñaron a exagerar.
Entonces, ¿qué hacemos? No la podemos sacar. No es un diente. Duerme con nosotros. A veces despierta a las 3 a.m. para recordarnos esa tontería que dijimos hace tres años y que nadie más recuerda. Pero podemos aprender a manejarla.
Lo primero: darnos cuenta de que esa voz no es la verdad, es solo una voz, aprendió a ser cruel en algún momento. Quizá de niños alguien nos dijo que no servíamos para nada, tal vez nos compararon mucho o un maestro nos humilló frente a todos, quizá simplemente entrenamos esa voz sin querer, como a un perro que aprende a jugar rudo y luego no sabes cómo pararlo. Alguien la sembró. Y nosotros la regamos.
Una cosa que sirve: ponerle un nombre ridículo. Yo llamo a la mía “la locutora de la desgracia”. Comenta todo como si fuera una tragedia griega. Cuando la detecto, me digo: “Ah, ya llegó la locutora. Gracias, pero hoy no voy a tomar sugerencias”. Suena tonto, pero funciona. No la eliminas, pero le bajas el volumen.
Otra cosa: preguntarte “¿esto va a importar en un año?”. La mayoría de las cosas por las que nos castigamos no importan ni en una semana. Llegar tarde cinco minutos, comer de más en la cena, decir algo bobo en una junta. ¿Eso merece que tu cabeza te trate como si hubieras incendiado un parque? Yo creo que no.
Y algo clave: si un amigo te dice “soy un asco, nadie me quiere”, tú le dices “no exageres”. Pero contigo mismo eres más duro que con nadie. ¿Por qué mereces menos cariño que tus amigos? No tiene sentido, pero lo hacemos en automático.
Hablemos de la vergüenza, porque es el combustible de esta voz. La culpa dice “hiciste algo malo”. La vergüenza dice “eres malo”. Una es una acción. La otra es tu identidad completa. Cuando sientes vergüenza, quieres desaparecer. Te da calor, quieres que la tierra te trague. Y eso es mentira, pero lo crees porque viene de adentro.
Para salir de ahí, prueba esto: háblate como si fueras tu mejor amigo. Durante un día, cada vez que te digas algo feo, pregúntate: “¿Esto se lo diría a mi mejor amigo?”. Si la respuesta es no, ignora esa voz.
También sirve escribir, no una novela. Solo escribe lo que te dice. En un papel, en el celular. Porque en tu cabeza suena como verdad absoluta. Pero en el papel se ve como una frase tonta que alguien te enseñó.
Y no eres el único. Esa gente que ves segura, que habla bonito en público, también tiene su locutor interno, la diferencia no es que no escuchen la voz: es que aprendieron a no hacerle caso todo el tiempo. La escuchan, dicen “gracias, ya lo sé” y siguen. No pelean, porque pelear con esa voz es como pelear con un borracho: no vas a ganar, solo te vas a cansar.
Entonces, mejor ignora. Como cuando pasa un camión ruidoso frente a tu casa: hace ruido, es molesto, pero no dejas lo que estás haciendo para discutir con el camión. Pasa y ya.
Esta semana se habla de contrarrestar el odio afuera. Hagamos lo que podamos. Pero no olvides tu casa. Porque si no frenas al que tienes adentro, cualquier comentario de afuera te va a encontrar con las puertas abiertas. No le des ese poder, no hace falta que te quieras como en una película de Disney. Solo hace falta que no te destruyas antes de que el mundo y tú tengan la oportunidad de quererte. Porque esa oportunidad existe. Aunque ahora no lo parezca.




