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El calor, el maldito calor

Javier Peralta
4 Min de Lectura

LAGUNA DE VOCES

Con toda seguridad el calor no se irá de estas tierras. Las personas cambian cuando se desesperan y de coche a coche proliferan las ofensas, las ganas de pelear, porque resulta insoportable para el conductor de una Urban atestada de pasajeros, seguir con la rutina de ganarle clientes a otra camioneta, y por eso el acelerador a fondo, los laminazos a punto de darse, el ánimo porque algo pase y de una vez por todas se arregle la vida, para bien o para mal, en un encuentro pugilístico al que, en estos tiempos, siempre agregan las intenciones de privar del conocimiento al recién convertido en enemigo.

Son otros tiempos cuando la temperatura sube arriba de los 30 grados en una ciudad de por sí carente de sombras porque no hay árboles, porque planchas y planchas de cemento acabaron con la última posibilidad de hacer la vida menos angustiosa, menos cercana al infierno en que se convierte un comal gigante como es la capital de Hidalgo.

El horror de todos tan temido, el miedo a dar un paso en falso en un semidesierto carente de arena, pero pleno de asfalto o concreto, siempre partido en decenas de partes, donde las llantas de los autos se hacen chicle. Ni una sola ruta para caminar, porque quien se atreve, cae de boca por el golpe de calor, la insolación, la sed que hace ver espejismos en el horizonte.

Nada qué hacer con el tiempo inclemente, nada qué remediar cuando todo está perdido, y los que buscan construir oasis en medio de la nada, saben, vaya que lo saben, no habrá remedio para una ciudad que decidió hacerse moderna a costa de lo que fuera, incluso de sus habitantes, que primero celebraron el arribo al escenario de los almacenes con escaleras eléctricas, elevadores, y un mar de artículos imposibles de ser comprados, a no ser que se tome la deuda a crédito, y luego no haya forma alguna de escapar al gozo que duró apenas unos días.

Hay, eso sí, muchas avenidas para los automóviles, y correr como alma que lleva el diablo para ir quién sabe a dónde, a lo mejor un destino inventado en esa pena que deben purgar por algo malo, muy malo, que habrán hecho en sus vidas pasadas.

¿Por qué aquí, en la sardina que antes llamaban pecera, hoy Urban, aceptar que un chofer desahuciado juegue con sus propias existencias? ¿Por qué este infierno en la tierra, sin saber a ciencia cierta si el futuro tendrá algo nuevo, una oportunidad, la que sea, para entrar al oasis de la esperanza?

Es el calor, la sombra con un aire caliente que se cuela por todos lados, las oficinas sin aire acondicionado que arden en la tarde, cuando los que pueden salir a inflar los pulmones, descubren que parecen un carbón ardiente, un rescoldo que no se cansa de arder, de agudizar el calor.

Y en todo esto, algunos juran que todo cambiará si el domingo les damos nuestro voto. Bueno sería que los treparan a una Urban, y le dijeran al chofer, siempre desahuciado, que los castigara con una hora de carreras, de laminazos contra otros competidores en la carrera absoluta de la desesperación.

Seguirá el calor, no habrá brisa de playas lejanas, ni el aire que bajaba de los cerros, ni nada. 

El calor, el maldito calor.

Mil gracias, hasta mañana.

Mi Correo: jeperalta@plazajuarez.mx

X: @JavierEPeralta

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