RETRATOS HABLADOS
Si como se han escrito en todos los manuales de política, pero también en los textos sobre la llegada de salvadores, Mesías es la palabra, para hacernos entender que la historia de la humanidad es un continuo ciclo sobre la afición de los seres humanos a convertirse en tiranos, siempre con una revolución de multitudes que los coloca en el lugar del odiado dictador, y ser investidos con el mismo traje sin que lo noten siquiera, parece que nunca habrá remedio ante un acontecimiento que nunca pierde vigencia, y siempre convoca a los anónimos, a la construcción de un bucle eterno.
Es decir que no hay, no habrá remedio contra un algo que ya hemos vivido a través de nuestros ancestros, pero que olvidamos bajo el argumento de que somos poseedores de una vida tan efímera, que sería inútil resistirnos a la aventura que siempre implica quitar a los “malos” en turno, para que lleguen los “buenos” que acabarán, tarde o temprano, con todos los atributos de los primeros.
Esta circularidad trágica no es una novedad de nuestro siglo; ha sido el dolor de cabeza de la filosofía política. Ya Polibio, en su teoría de la Anacyclosis, advertía que los regímenes políticos degeneran de forma inevitable: la monarquía deviene en tiranía, la aristocracia en oligarquía, y la democracia en el caos de la oclocracia, forzando el reinicio del ciclo mediante un nuevo líder fuerte.
Siglos más tarde, Nicolás Maquiavelo desnudó esta cruda realidad en “El Príncipe”, recordándonos que el poder político no se rige por la moral, sino por la conservación del control. Para Maquiavelo, la naturaleza humana es inmutable, egoísta y voluble; por ello, el libertador de hoy utiliza las mismas herramientas de coerción que el déspota de ayer para mantener el orden.
La psicología del poder actúa como un disolvente de las utopías. Friedrich Nietzsche, mediante su concepto del eterno retorno, nos confronta con la repetición infinita de nuestros fracasos colectivos, mientras que en su análisis de la voluntad de poder explica cómo el ser humano, al alcanzar la cima, es consumido por el deseo de dominar.
El «salvador» no es inmune; al investirse con la autoridad del Estado, experimenta una metamorfosis psicológica donde el fin justifica los medios. George Orwell lo retrató con precisión quirúrgica en Rebelión en la granja: los cerdos que guiaron la revolución contra los humanos terminan caminando en dos patas, volviéndose indistinguibles de sus antiguos opresores. La lucha política, por tanto, comparte un mismo fin oculto: la sustitución de una élite por otra.
El ser humano parece condenado a buscar un Mesías debido a su profundo miedo a la incertidumbre y a la responsabilidad de su propia libertad. Preferimos entregar el destino común a un caudillo carismático que prometa romper las cadenas, ignorando que las herramientas del absolutismo siempre quedan intactas para el siguiente inquilino del palacio.
Cambian los nombres, las banderas y los discursos justificativos, pero la estructura de dominación permanece virgen. Nada cambia, y parece que nada cambiará, porque el bucle no está en el sistema, sino en la inmutable condición humana.
Mil gracias, hasta mañana.




