El bache

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—Amor, estoy nerviosa, me siento extraña, creo que mi corazón está acelerado y mi panza está algo dura— comentó a Jimena a Raúl, una vez sentados en el transporte público que los llevaría a la cita mensual para conocer el estado de su primogénito.

—Es normal, mi vida, cada mes te sientes igual, es la angustia de confirmar que nuestro bebé está bien— contestó Raúl en un intento de calmar los nervios, sin dar a conocer los suyos.

—Tienes razón, pero aún así siento algo extraño, como un presentimiento— explicó nuevamente la madre primeriza.

El tráfico está lento, el calor humano se acumula dentro de la combi, el tiempo avanza y el avance ha sido escaso, seguramente van a llegar tarde a la cita programada, y eso incrementa los nervios en la pareja de por sí angustiada.

Cuando comienza a fluir la circulación, la urvan hace una parada, nuevos pasajeros suben, todos ellos irán parados, todos los asientos están ocupados; los minutos transcurren y el movimiento de los carros fluye, existe una posibilidad de que puedan llegar a tiempo con el médico.

—Ahora sí, hijos de la chingada, ya se la saben, saquen todo lo que traigan y échenlo en la mochila, quien grite se lo carga la chingada— gritó uno de los  pasajeros sentados junto a la puerta, empuñando una pistola con la que apuntaba a todos los usuarios.

Se miraban unos a otros mientras con el temblor en las manos buscaban algún artículo para aventar en la mochila abierta e intentar calmar el mandato del victimario inexperto de apenas 18 años.

El operador dirigía su mirada al retrovisor, en la búsqueda de encontrar una solución en la que no hubiera lesionados, y un bache resolvió la situación, pues para evitar caer frenó de golpe, y un estruendo se escuchó.

—¡Me duele! ¡Me duele mucho! Ayúdame por favor— gritó una mujer al fondo de la colectiva, era Jimena quien sangraba de su vientre de siete meses.

Los pasajeros de abalanzaron contra el delincuente, lo golpearon hasta cansarse, el conductor siguió manejando hasta encontrar una patrulla, los paró y pidió una ambulancia.

Los oficiales intervinieron la unidad, sacaron al joven ladrón con visibles golpes en cara y cuerpo, y pedían la asistencia de cuerpos de emergencia.

—Ayúdenla por favor, ya sáquenla, se desangra— eran los gritos de los pasajeros al ver que Jimena ya no respondía y Raúl con un tono transparente en el semblante la sostenía suplicando que luchara.

Lucas, el primogénito de Jimena y Raúl, fue septemecino obligadamente, permanece conectado en una incubadora, de momento su cuerpecito brinca temeroso y comienza a llorar. Raúl no se despega de él, le sostiene su manita con tan solo uno de sus dedos, y sigue sin dejar de llorar.

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