MEMENTO
- “Hermano cayó la ley, está rodeada tu casa. Son puros nervios los tuyos,
porque yo no he visto nada. Así le dije a mi hermano para que hiciera confianza” - Hermano cayó la ley – Los Huracanes del Norte
Chahuistle viene de chahuiztli, que se crea de la unión de chahui, que significa “lluvia dañina”, “rocío corrosivo”, “llovizna que quema las plantas”, y de tli, un sufijo nominal. En náhuatl clásico, chahuiztli se refiere a un hongo o plaga que ataca al maíz, especialmente durante la humedad excesiva o lluvias inoportunas. Es una enfermedad de la milpa que mancha, pudre o destruye las mazorcas. Por eso decimos “ya llegó el chahuistle” como equivalente a “ya valió madre”. La idea es que, justo cuando el maíz iba bien, llega una plaga que lo arruina todo. A diferencia del cuitlacoche -un hongo gourmet delicioso-, el chahuistle es el hongo malo que mata. Son primos lejanos en el reino fungi, y como en toda familia siempre hay un primo ojete.
En su origen no era solo un hongo, era todo el fenómeno destructivo asociado a él. Si llegaba el chahuiztli, era una calamidad agrícola. Por eso, en la cosmovisión nahua el chahuiztli es una fuerza que aparece de repente y arruina lo que parecía seguro.
Con el tiempo el refrán sobrevive, pero la metáfora se vuelve más abstracta. En los 70 y 80, “llegó el chahuistle” significaba “ya nos cayó la policía, el jefe, la mala suerte, o hasta el esposo”. Actualmente la frase se encuentra desconectada de su origen agrícola.
El chahuistle es el recordatorio de que el desastre nunca avisa, pero llega. Lo más curioso no es que llegue, sino que olvidemos que siempre ha estado ahí, agazapado, latente, esperando para recordarnos que nada está escrito.
De manera anecdótica, tú eres el chahuistle cuando, como hermano mayor, llegas de la escuela y al abrir la puerta te encuentras con una escena -que, si bien no es de Project X-, resulta poco agradable. Una fiesta que mutó en borrachera. Saludas con la cortesía característica de tu persona, ves que la casa no está como te gustaría, indagas si hay un permiso para llevar a cabo la celebración y te enteras de que no existe. Inmediatamente pasas a correr a toda esa bola de pubertos.
O aquella ocasión en la que mi compa decidió emanciparse del yugo -palabras de él- matrimonial y se nos unió al festejo cumpleañero de un amigo en la sierra hidalguense. Sin señal celular cualquiera se olvida un poco de las responsabilidades. Después del sábado de borrachera y la mañana dedicada a aliviar la cruda, emprendimos el regreso a Pachuca. Apenas entramos a territorio Telcel comenzaron a caer los mensajes acumulados de veinticuatro horas. Él -con toda la resignación que cabe en un suspiro- miró el teléfono y lo apagó.
Lo dejamos en la esquina de su casa, por prudencia más que por rajonería. Algunos bajamos del coche para mirar desde lejos. Abrió la puerta, los hijos gritaron “papito”, él se agachó, y lo abrazaron con ternura. Duró poco la escena. Una escoba apareció y fue directa entre cuello y cabeza. El golpe lo venció, y su cuerpo se acomodó en el concreto. Creímos que aplicaba la estrategia zarigüeya, pero no, estaba desvanecido. Nosotros hicimos lo único sensato que sabíamos hacer, subimos al auto y huimos. Esa tarde el chahuistle no llegó de sorpresa, lo estaba esperando en casa.
En la vida acumulamos experiencias por doquier y vivimos con las consecuencias de ello. Por naturaleza tenemos una gran capacidad de adaptación y la mayoría de los “chahuistleos” se convierten en anécdotas.
Deseo de corazón que no les caiga el chahuistle mientras sintonizan la transmisión de la inauguración del Mundial de Futbol al mediodía.
La conseja de hoy
El chahuistle llega sin saber de tiempo ni espacio, es inesperado y afecta nuestros planes. A pesar de ello, en muchas ocasiones parecemos buscarlo y no paramos hasta hallarlo. Y, como dice el dicho: “A veces cuando no llueve, llovizna”.




