La Flor de Mayo hedía a cigarro y a hombres cansados.
Al fondo, cuatro. Bebían, fumaban, jugaban.
En la mesa: dinero, alhajas, papeles, armas. Un cerro de doscientos mil, fácil.
Última mano.
Todo al pozo.
Don Pedro traía tercia de doses. Mano decente. Pedía dos cartas a cambio de un tres y un seis.
Apostaba un rancho, dos anillos, cuarenta mil pesos.
Su sueño: comprar el rancho de Don Jorge pa’ luego pedir la mano de Inés.
Don Gregorio traía un full de tres dieces con cuatros.
No pidió ni agua.
Puso sobre la mesa la pistola de su padre, cacha de plata, treinta y cinco mil.
Su sueño: comprarse dos automóviles gringos de esos que parecen pecado.
Don Ignacio, pobrecito, par de jotas y basura: siete, ocho, diez.
Su apuesta era humilde: propiedades chicas, anillos de su madre, catorce mil pesos ahorrados sin ruido.
Su sueño: irse al mar con su mujer.
Había enfermado. El doctor le dijo que el aire del ejido lo estaba matando.
Pidió tres cartas, se quedó sólo con el par. Qué más.
Don Jorge llevaba tres cincos, un as de picas y un dos de hueva.
Pero sabía que la vida era negocio: apostó su rancho, el mejor del ejido, la factura del tractor, la casa chica y unas joyas que le arrancó a su esposa, más cinco mil pesos.
Quería el rancho de Don Pedro.
Su sueño: quedarse con el manantial, subir el costo del agua, asegurar su vejez.
Porque hijo varón no tuvo, e Inés -su unica hija- era dulce pero inútil pa’ las cuentas.
Pidió una carta por el dos.
Era el dealer, repartió.
Tapadas.
Dos pa’ Don Pedro.
Tres pa’ Nacho.
Una pa’ él.
—¿Algo más que quieran meterle? —soltó Don Jorge, como quien tantea el vacío.
Don Pedro se encendió de pronto.
Sacó las escrituras de su casa del centro.
—Va todo mi capital —gritó—. Y quiero la mano de su hija en la apuesta.
El silencio fue mordaz.
Don Jorge aceptó con el puño apretado.
Don Nacho y Don Gregorio se hicieron a un lado.
No les alcanzaba. Sueños esfumados.
La mesa quedó en duelo de dos.
Don Jorge levantó su carta.
Un siete.
Tercia de cincos. Nada mal.
Don Pedro levantó…
La primera: un ocho.
La segunda: otro ocho.
Full de Dos y ochos.
Soltó la carcajada.
Ya veía a Inés toda de blanco, caminando al altar.
Don Jorge se puso de pie despacito.
Respiró.
Endosó las escrituras recargado en la mesa.
Las lanzó a las manos de Don Pedro.
Además de los documentos, le entregó una bala en la frente.
Jamás entregaría a su hija.
Nadie dijo nada.


