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Ambiciosos sin eternidad

Javier Peralta
5 Min de Lectura

LAGUNA DE VOCES

La mera verdad —me dijo—, es que ya estoy cansado. Apenas se asoma uno a la calle y el día va a la mitad, y luego se acaba sin haber podido hacer nada, como no sea lamentarse y contar la vida que ya se va. Eso desespera y es ingrato, pero así nos enseñaron nuestros padres, que cuando ya toca irnos mejor no hacerle al cuento, ni ponerse grosero con la que solo tiene por oficio llevarnos a quién sabe dónde. Eso es lo que más preocupa, que no hay un destino claro, vaya pues, que no hay destino, como no sea cerrar los ojos, hacerse el difunto y esperar que le caigan paletadas de tierra, o en estos tiempos que le echen lumbre. Pero siempre ha sido así, nadie sabe qué pasa después, y es por eso el único gran misterio de todos los que estamos aquí todavía. Porque ha de saber que amigos los cuentos por docenas los que se han ido, aunque ni tan amigos, si acaso conocidos, porque los que sí sé, de nombre y apellidos, esos calan hasta el hueso y espantan cuando nos dan la noticia. Yo no sé si le haya pasado, pero es como un golpazo en la barriga, algunos dicen que, en la sien, en la derecha, y anda uno atarantado porque piensa que se va a caer, que le falta el aire, y hasta anda resollando como si hubiera corrido muchos kilómetros. Pero es la muerte que espanta, no la de huesos, sino lo que imaginamos que es nada, y eso de nada nos deja siempre tristes y cabizbajos, porque los que se quedan se acuerdan de algo, no del que es nada. Aunque la mera verdad todos somo nada, pura nada, y entonces nos hermanamos, nos hacemos amigos de los amigos, y ya cuando se comparte una razón, pues ya se sabe que, cuando cualquiera se vaya, nos vamos a extrañar de ya no ver a esos conocidos. Pero así es todo esto. Por eso ni me preocupa cuando unos se quieren agarrar a golpes con otros, nadamás porque no le van al mismo político que quiere ser presidente. Si supieran que apenas cierran los ojos, una luz como cabo de vela empieza a arder frente a los ojos, y se consume rápido, hasta que todo se queda oscuro y no se ve, ahí sí, nada. Tanto que le pelean porque quieren pasar a la posteridad, a que los recuerden por la eternidad, pero es mentira, cuando mucho se les guarda unos años, pero después, pues ya no, porque consumen al vivo, a la viva, y eso no es cosa buena. En estos días que ya decidimos que tendremos presidenta de la República, es algo chistoso ver que piensan su gobierno en casi siglos, y que quieren que sus cosas, a veces, o siempre sus locuras, queden por los siglos de los siglos. A ellos también los van a olvidar, y por eso diario dale y duro para que se le haga homenaje a uno que fue quién sabe cuánta cosa, pero que ya no hay quién se acuerde de él, y así es como le piensan, pero para qué si apagada la luz no hay nada, nada de nada. Así que lo mejor es reírse de todos estos que son bien ambiciosos, aunque digan lo contrario, que hacen que todos se agarren a trompadas y lo disfrutan. Porque cuando se mira con tranquilidad las cosas, nos damos cuenta que es un viaje cortito, apenas abre uno los ojos, y luego ya los cerró. Y tener eso como única preocupación es un cansancio del que nadie se recupera. Así que mejor abra bien los ojos, mire bien el paisaje, guárdeselo, y quién quita al rato despierta otra vez, porque sucede, eso dicen, eso digo, porque a cada rato cierro los ojos, pienso que ya difunto soy, y luego despierto y despierto, y despierto.

Mil gracias, hasta mañana.

Correo: jeperalta@plazajuarez.mx

X: @JavierEPeralta

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