Padre

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Memento

“Me refiero a ti, buen hombre, que por mucho tiempo cuidaste de mí. No se 
tiene nombre cuando no hay un padre y todo ese orgullo me lo diste a mí.”
Me refiero a ti – Los Invasores de Nuevo León

Padre viene del latín pater, patris, una de las palabras más antiguas. Designaba al progenitor masculino, pero también al protector y figura de autoridad dentro del clan o la familia. No era solo un dato biológico; pater implicaba función, jerarquía y responsabilidad. Pater no significaba padre en sentido afectivo, sino el jefe del hogar, con poder legal, económico y moral sobre los suyos. 

Con el cristianismo, el término se desplazó aún más hacia lo espiritual. Dios como Padre refuerza la idea de autoridad suprema, pero también de cuidado y guía. Así, padre abarca: amor y obediencia, cercanía y poder. Quizá por eso la figura del padre suele ser tan conflictiva en lo personal.

Intento ser un buen Padre. Nada de eso de: “no hay escuela para padres”. Claro que la hay. Se llama vida y uno entra desde que es hijo. Lo curioso es que, aun con matrícula obligatoria, nos encanta criticar a nuestros progenitores como si hubieran cursado una carrera distinta a la nuestra. No me veo como el padre ideal. Pero en esta lucha constante por ser mejor, al menos aspiro a ser uno muy bueno. Que ya es bastante en un mundo lleno de excusas.

Hay quien dice que no se puede ser amigo de los hijos, que eso es una falta de respeto. No sé qué clase de amistades tengan. A las mías no les falto el respeto, les cuido, procuro, intento ayudarles. Si eso no es amistad, entonces hemos banalizado demasiado el concepto. Intento ser amigo de mis hijos, porque, a veces, a un amigo se le confía más que a un padre. Intento empatizar, porque cuando nos convertimos en padres solemos olvidar -convenientemente- los problemas que teníamos cuando éramos hijos. Se nos borra la memoria. No se trata de chavorruquear -no sean ridículos-, se trata de recordar. 

Soy MaPaCha profesional -”manutentor”, papá y chalán- de mis hijos. No es heroísmo, es chamba. Simplemente intento hacer lo mejor posible mi trabajo paternal. Cuando la gente se entera de que ejerzo la paternidad en soltería, vienen los comentarios de admiración, respeto y palmadas morales. Algunos son de mujeres que viven la maternidad en las mismas condiciones. Y ahí es donde me da coraje. Porque reconocer esa responsabilidad en un hombre suele resultar sencillo, casi extraordinario; pero valorar el esfuerzo cotidiano, silencioso y permanente que realizan ellas, cuesta muchísimo más. Como si la carga fuera menor solo porque siempre han estado ahí.

Tengo un gran ejemplo y la vida, en eso, me lo hizo fácil. Si logro ser apenas una pizca del buen padre que tuve, con eso ya sería uno excelente para mis hijos. Recuerdo un día al llegar de la escuela, frente al estéreo mi padre escuchaba a Nirvana. Le pregunté, con toda la arrogancia juvenil, qué hacía oyendo “mi” música. Me respondió: “Me gusta saber qué escuchas; está bueno este disco”. Era el Unplugged. De él aprendí a ser padre.

Alguien me comentó: “Se te ilumina la cara cuando cuentas la historia de vida de tu papá”. Y es que lo admiro como persona, es un gran tipo. Él decidió abandonar un estilo de vida que ya no combinaba con sus metas, se adaptó, creció y siguió aprendiendo. Mientras otras personas buscaban excusas, él encontró soluciones -no todas acertadas, ja-. Es alguien de quien vivo enamorado.

Hoy, cuando quiero saber algo de mis hijos, recuerdo a mi padre. Sé que no se debe aplicar el clásico cuestionario tipo chismografo. Mejor veo o escucho cosas con ellos. Así, de pronto, me encuentro viendo u oyendo cosas distintas a lo mío. A veces no soy la mejor versión. Aun así, me tienen la paciencia suficiente para mantenerme a su lado.

La conseja de hoy

La escuela para padres sí existe. No da diplomas. Da memoria. Y, con suerte, un poco de empatía. Y cómo diría mi papá: “Puedo seguir hasta el final, a mi manera.”

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