MEMENTO
“Porque yo en el amor soy un idiota que ha sufrido mil derrotas, que no tengo fuerzas para defenderme”
Un montón de estrellas – Polo Montañez
Idiota proviene del griego idiotes, que designaba al particular, al individuo privado, al que no participaba en los asuntos públicos. No era un tonto, sino alguien que se ocupaba solo de lo suyo. De ahí viene idios, “propio”, “personal”, “privado”. En la Atenas clásica, el idiotes era el ciudadano que no intervenía en la vida política, a diferencia del polites, el ciudadano activo. La palabra tenía una carga más cívica que intelectual: era una crítica a la indiferencia social, no a la falta de inteligencia.
El término pasó al latín como idiota, donde comenzó a significar persona ignorante o sin instrucción, en el español terminó por consolidarse como insulto, asociado a la torpeza mental. Así que, etimológicamente, el idiota no era el que no sabía, sino el que no se implicaba. No el incapaz, sino el desentendido.
Procusto era un personaje de la mitología griega que ofrecía posada a los viajeros y luego los obligaba a acostarse en una cama de hierro. Si eran más largos que el lecho, les cortaba lo que sobraba; si eran más pequeños, los estiraba hasta que encajaran. Esta leyenda es una expresión brutal de la mentalidad idiota, aquella que solo reconoce lo propio y desecha todo lo que no encaja en su muy escasa visión. No solo es una mirada pobre, sino ridícula, porque pretende ser la medida de todas las cosas.
Antes el idiota era el que vivía en su mundo; ahora muchos participan activamente. Con el tiempo he aprendido que todos tenemos un porcentaje de idiota funcional. Está quien manda mensajes en un chat errado, quien se pega con la esquina de la cama tres veces seguidas, o que constantemente olvida las llaves. Al final uno no deja de ser medio idiota, solo aprende a administrar mejor sus horarios. Pero el daño que se ocasiona es más personal.
El idiota no dialoga. No escucha, recorta. No comprende, estira la realidad hasta que coincide con la suya. Por eso su mundo es pequeño y rígido, todo debe caber, aunque haya que mutilar la verdad, la convivencia o el sentido común.
En ocasiones, una ideota es solo una idea grandota salida de algún idiota. Aparece cuando el beneficio particular se antepone al general. Ejemplos sobran: quien cierra una calle para su conveniencia; quien conecta una bomba a la red de agua para llenar sus depósitos mientras los demás esperan; quien coloca un tope frente a su negocio para obligar a frenar; el portón extendido que invade la banqueta; el taller que se cuelga de la luz para pagar menos. Pequeñas genialidades privadas con costos públicos.
Estas “ideotas” se disfrazan de astucia, de viveza, de “aprovechar el sistema”. En realidad son una renuncia a la polis, un paso voluntario al territorio del idiotes. Lo peor de ser idiota es que resulta muy sencillo detectar a todos los de alrededor y casi imposible reconocer al que habita en el espejo. Siempre es el otro. El que estorba. El que no entiende. El que no hace las cosas “bien”. Rara vez uno mismo.
El idiota moderno no se reconoce como tal porque se cree listo. Confunde derechos con privilegios, astucia con abuso, libertad con impunidad. Vive convencido de que el mundo le debe algo y de que las reglas existen para los otros, no para sí. Por eso no construye comunidad, no comparte la ciudad, no hay lugar para todos. Y cuando todo se descompone, cuando la polis se vuelve inhabitable, vuelve a señalar fuera, incapaz de admitir que él también estuvo —“procustamente”— cortando o estirando la cama.
La conseja de hoy
Procuren abrir bien los ojos, pues la diferencia entre una idea y una ideota es muy tenue, y como diría Mark Twain: “Nunca discutas con un idiota, te hará descender a su nivel y allí te ganará por experiencia”.




