El filo de la crítica

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La semana pasada, presentamos en Hidalgo el libro ¿Por qué fallan las políticas educativas?, una obra que su autor, Pedro Flores Crespo, ha expuesto en diversas universidades. Parte de la reseña la he compartido aquí en Plaza Juárez. En esta ocasión vuelvo al tema para abordar un pendiente: el filo de la crítica.

El argumento y postura del autor es claro: el gobierno de la 4T ha fracasado porque ha seguido un modelo de gobierno poco democrático, porque sustituyó la ética por la moral y porque ha mostrado intolerancia frente a la crítica. Sobre este último aspecto quisiera centrarme a partir de algunas ideas desarrolladas en el libro.

Según el autor, la crítica constituye un componente esencial de las políticas públicas y, desde luego, de las políticas educativas. Un gobierno que llegó al poder por la vía democrática y que durante años desempeñó el papel de oposición debería comprender que la crítica es necesaria para identificar tanto los alcances como las limitaciones de la acción gubernamental. Entonces, ¿por qué cuando se ejerce el poder se vuelve tan difícil aceptar el cuestionamiento, se descalifica a la oposición o se recurre a expresiones como “yo tengo otros datos”?

Para explicar esta pregunta, el autor retoma una idea de la “racionalidad limitada”. Su principio es sencillo: así como resulta injusto descalificar a una persona por ignorante, también es riesgoso asumir que alguien (sea un individuo o un gobierno) posee todo el conocimiento y nunca se equivoca.

Reconocer los límites de nuestro conocimiento implica aceptar que comprendemos algunas cosas y desconocemos otras. Con frecuencia ignoramos las razones que llevaron a una persona a tomar determinada decisión. Por ello, antes que juzgar, resulta más útil preguntar, dialogar y tratar de comprender al otro.

En el extremo contrario se encuentra quien cree poseer la verdad absoluta. Esa posición también parte de una comprensión equivocada de la realidad. Precisamente por ello la crítica y la oposición (en sentido amplio) son indispensables dado que sostienen perspectivas distintas y cuestionan nuestras decisiones.

La conclusión parece evidente: quien escucha la crítica amplía sus horizontes de comprensión; quien se cierra a ella corre el riesgo de volverse autoritario, obstinado e imponer sus decisiones mediante el poder. El autor sostiene que esto último caracterizó a buena parte del gobierno de la 4T.

Esta reflexión sobre la racionalidad y la crítica resulta fundamental para comprender tanto a los gobiernos como a los individuos. Sin embargo, queda una pregunta que se encuentra en el corazón del estudio de las políticas públicas: ¿cómo toman decisiones los gobiernos y las personas? Si actuaran exclusivamente con base en criterios racionales, la respuesta parecería sencilla: mediante el diálogo, el consenso y el disenso. Pero ¿qué ocurre cuando las decisiones no están guiadas únicamente por la razón, sino también por las creencias, las emociones y las pasiones? Quizá allí se encuentre una de las claves para entender el éxito o el fracaso de las políticas públicas.

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