Solo la inteligencia nos salvará

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RETRATOS HABLADOS

El panorama político en el México actual presenta un escenario de profunda preocupación, no solo por la consolidación de un partido hegemónico, sino por la alarmante ausencia de una oposición política real, inteligente y articulada. La victoria de Morena y su posterior expansión territorial y legislativa han dejado al país en una situación de vulnerabilidad institucional extrema: un gobierno prácticamente carente de contrapesos. 

La historia y la teoría política nos han advertido hasta el cansancio sobre los riesgos inherentes a la concentración del poder. Cuando un proyecto político gobierna sin una contraparte que cuestione, fiscalice y obligue a la deliberación, se abre la puerta al peligro latente de que el poder absoluto derive en decisiones arrebatadas, caprichosas y carentes del más elemental sentido común. Las políticas públicas dejan de diseñarse bajo criterios técnicos y sociales para convertirse en extensiones de la voluntad de un solo grupo, lo que inevitablemente conduce a errores históricos cuyos costos termina pagando la ciudadanía.

Ante este panorama, la respuesta de los partidos de oposición tradicionales, encarnados principalmente en el PRI y el PAN, ha sido no solo insuficiente, sino torpe. Parece que sus dirigencias padecen una severa miopía histórica al creer que, emulando el mismo discurso belicoso, polarizante y rijoso que Morena utilizó con éxito para echarlos del poder, lograrán recuperar la gracia del electorado. Es probable que, por el simple desgaste natural del ejercicio gubernamental, la oposición consiga recuperar algunos espacios a largo plazo, pero la emergencia democrática del presente exige mucho más que una simple estrategia de supervivencia electoral. 

Lo que el ciudadano mexicano necesita y reclama con urgencia en estos momentos son propuestas serias, rigurosas y bien estructuradas, profundamente alejadas del ánimo de revancha y el resentimiento social. Se requiere recuperar un sentido común que no caiga en la simplista tentación de los absolutos. Es un error garrafal el discurso opositor de «todo lo que hace Morena está mal hecho y vamos a empezar desde cero», porque esa lógica refundacional y destructiva fue, precisamente, la que implementó Morena al llegar al poder, desmantelando instituciones útiles bajo la premisa de que todo el pasado era corrupto. Replicar ese círculo vicioso de destrucción mutua solo garantiza el estancamiento nacional.

No se trata de exigir una concertación claudicante o pactos oscuros bajo la mesa con el régimen en turno, sino de demandar urgentemente una narrativa política que trascienda la actitud pandilleril, bravucona y de trinchera que personifica el líder del PRI, Alejandro Moreno. 

La política mexicana no puede seguir secuestrada por la testosterona partidista y la descalificación mutua; necesita con desesperación una dosis masiva de inteligencia, altura de miras y estrategia. Pensadores políticos de la talla de Hannah Arendt argumentaban que la pluralidad es la ley de la tierra y que el espacio público se destruye cuando se elimina la capacidad de construir en común a través de la palabra y la razón, no de la fuerza ni del agravio. Del mismo modo, el filósofo Karl Popper advertía sobre los peligros de la «ingeniería utópica», aquella que pretende destruir todo lo existente para edificar un orden supuestamente perfecto desde las cenizas, en contraste con una «ingeniería gradual» que repara, mejora y conserva lo que funciona. 

La oposición actual parece olvidar que la legitimidad se construye proponiendo cómo mejorar las escuelas, la salud y la seguridad, no prometiendo demoler lo construido por el adversario.

Morena procedió justamente de esa manera destructiva: llegó al poder dinamitando estructuras institucionales, fideicomisos y programas sin tener un plan alternativo viable, y hoy en día, atrapado en sus propias contradicciones, el partido oficialista ya no sabe qué hacer con las crisis que él mismo provocó. Si la oposición insiste en jugar el mismo juego de la devastación discursiva, el futuro del país será de una preocupante parálisis. 

El verdadero contrapeso que México necesita no nacerá de los gritos en la tribuna ni de las amenazas de cárcel para el rival, sino de un proyecto de nación sensato, que rescate el sentido común, que valide los aciertos ajenos si los hay y que corrija los errores con datos, ciencia y empatía, demostrando que para gobernar se requiere inteligencia y no solo el deseo ciego de venganza.

Mil gracias, hasta mañana.

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