RETRATOS HABLADOS
En las letras mexicanas, esta visión del Cristo comprometido con la realidad sufriente encontró un eco poderoso en Vicente Leñero
Todo tiempo es bueno para asumir que el fin del mundo está a la vuelta de la esquina, con el triunfo definitivo del lado más oscuro de la doliente humanidad, que es nuestra propia apatía, con todo y que la locura de un todopoderoso ya no evoca, sino que es el mismo personaje siniestro que el poeta urgió a desenmascarar, “pero como no era yo a quien se llevaban a la muerte, no dije nada, y ahora que vienen por mí, nadie dirá nada”.
En plena Semana Santa, parece propicio recordar la enseñanza central del Nazareno, su mensaje central que fue el amor, su muerte de la que Juan Jacobo Rousseau escribió: “Si la vida y la muerte de Sócrates, son las de un sabio, la vida y la muerte de Jesús son las de un Dios”.
Para entender la magnitud de esta figura, debemos mirar a Baruch Spinoza. El filósofo del panteísmo, a menudo tildado de ateo por sus contemporáneos, veía en Jesús no a un hacedor de milagros, sino a la «boca de Dios». Para Spinoza, Cristo no se comunicó con lo divino a través de la imaginación o las visiones, como los antiguos profetas, sino a través del entendimiento puro. Jesús representa la culminación de la ética humana: una mente tan sintonizada con las leyes universales de la naturaleza que su mensaje de caridad y justicia se vuelve una verdad matemática, innegable para cualquier ser racional que busque la verdadera libertad.
Sin embargo, en nuestra era de cinismo, el filósofo contemporáneo Slavoj Žižek propone una lectura radicalmente distinta y necesaria. Žižek, desde un materialismo dialéctico, rescata el momento del «Abandono en la Cruz». Cuando Jesús clama: «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», se produce un cortocircuito teológico. Según Žižek, ese es el momento en que Dios mismo se vuelve ateo. En ese instante, la humanidad se queda sola, pero es precisamente en esa soledad donde nace la verdadera comunidad de creyentes (o el «Espíritu Santo» en términos hegelianos). Ya no hay un «Gran Otro» que nos dicte qué hacer desde las nubes; ahora la responsabilidad del amor y la justicia recae enteramente sobre nuestros hombros. Jesús muere para que nosotros podamos ser libres y responsables de nuestro prójimo.
En las letras mexicanas, esta visión del Cristo comprometido con la realidad sufriente encontró un eco poderoso en Vicente Leñero. El autor de El evangelio de Lucas Gavilán no buscaba al Jesús de las estampas piadosas, sino al Jesús de la calle, al que se ensucia los pies en el lodo de la injusticia social. Leñero entendió que el cristianismo, si no es una práctica de liberación y una denuncia de la estructura de poder, no es más que un rito vacío. Su obra es un recordatorio de que seguir a Cristo no es mirar al cielo, sino mirar a los ojos del marginado, del preso y del explotado, reconociendo en ellos la carne de lo divino.
Por su parte, Javier Sicilia —poeta y articulista— ha encarnado la dimensión del dolor y la exigencia de paz en el México contemporáneo. Para Sicilia, la figura de Cristo es la del «Hombre de Dolores», pero también la de la resistencia no violenta. Su pensamiento comulga con la idea de que la cruz no es una derrota, sino una denuncia del Estado y de la violencia ciega. En sus escritos, la Semana Santa no es un evento del pasado, sino un presente perpetuo donde la resurrección solo es posible si primero somos capaces de abrazar el dolor del otro y exigir justicia en un mundo que parece haber olvidado el significado de la palabra «compasión».
La advertencia del poeta sobre la indiferencia resuena hoy más que nunca. Si permitimos que el «personaje siniestro» de la apatía gane, estaremos ignorando el sacrificio que tanto filósofos como escritores han intentado descifrar. La filosofía nos dice que Jesús es la síntesis de la ética; la literatura nos dice que es el espejo de nuestra propia humanidad sufriente.
No se trata de una cuestión de dogmas, sino de una postura ante la existencia. Como bien sugirió Søren Kierkegaard, ser cristiano (o simplemente humano en el sentido pleno) no consiste en adherirse a una doctrina, sino en ser «contemporáneo» con el sufrimiento de Cristo. Esto significa que cada vez que guardamos silencio ante la injusticia contra el vecino porque «no es a nosotros a quienes se llevan», estamos crucificando nuevamente la posibilidad de un mundo basado en el amor.
Al final, la enseñanza del Nazareno, analizada por la frialdad de la razón de Spinoza o la angustia existencial de Sicilia, converge en un solo punto: el fin del mundo no es un evento cataclísmico externo, sino el momento en que dejamos de sentir el dolor ajeno. Recuperar a Jesús, desde la filosofía y la letra comprometida, es recuperar la urgencia de decir «algo» antes de que vengan por todos nosotros.




