Memento
“X! You don’t have to hesitate!, Get yourself out!, You know You are the best!, Let’s get Crazy!”
X – X Japan
La letra X -equis- viene del alfabeto fenicio, un signo llamado samekh que representaba un sonido parecido a la «s». Los griegos lo adoptaron y lo transformaron en la letra Ξ (xi) en algunas variantes, y en otras formas que terminaron influyendo en la X latina. En latín, la X representaba el sonido “ks”. El nombre «equis» en español viene del latín «ix«, que simplemente era el nombre de la letra. En el español medieval, la X sonaba parecido a «sh». Con el tiempo, ese sonido evolucionó hasta convertirse en el sonido fuerte de la J.
En matemáticas, el uso de la X como variable se lo debemos a René Descartes, quien decidió usar las últimas letras del alfabeto (x, y, z) para lo desconocido. Desde entonces, la X también pregunta. Representa lo que falta despejar, lo que aún no se resuelve. Aquello que pareciera no tener un valor, y sin embargo, lo mantiene oculto.
La X no se deja domesticar. Y quizá por eso me gusta. En un mundo que exige definiciones claras, ella responde con ambigüedad, con una flexibilidad fonética que ningún sistema uniformador logró someter. Cuando la sociedad intenta simplificarse, la X se complica y nos obliga a recordar de dónde venimos.
La X se adaptó al Náhuatl, hace unos meses pronuncié mal el nombre de Atlapexco -le dije “Atlapeksco”, en lugar de “Atlapesco” – quien me corrigió lo hizo un tanto con burla y otro tanto con afecto. La X en náhuatl puede sonar a «sh», en la evolución ibérica se volvió «j», en el latín es «ks». No es inconstante, es flexible. En la primaria nos enseñan que cada letra tiene un sonido estable, pero a la X le vale madre. Depende. Siempre depende.
No es que la X -como el Puerco Araña- tenga muchos estilos; es que es adaptable. Y eso, en teoría, también lo somos nosotros. No tenemos distintas personalidades para cada ocasión; tenemos facetas que se activan dependiendo del contexto. Con un amigo somos desparpajos, en el trabajo somos formalidad, en casa somos memoria compartida. No es falsedad, es lectura del entorno. El problema no es cambiar según el contexto; el problema sería no saber quién eres cuando nadie te está pronunciando.
Tal vez por eso la X incomoda tanto cuando alguien intenta corregirla. No es solo un grafo: es una memoria cruzada. Cambiarla sería simplificar lo que nunca fue simple. La X nos recuerda que la identidad no es línea recta, es cruce. Y que lo verdaderamente complejo no es tener muchas formas de sonar, sino conservar el mismo trazo mientras el mundo cambia la pronunciación.
La X es una metáfora de la existencia misma: dos líneas que avanzan desde direcciones distintas y, al encontrarse, generan sentido. No nacemos en el vacío; somos el cruce entre historia y decisión, entre lo que heredamos y lo que elegimos. Vivir no es permanecer rectos e intactos, sino aceptar que estamos hechos de encuentros. Como la X, nuestra identidad no es una línea pura, es el punto donde múltiples trayectorias se tocan, se tensan y, a veces, se contradicen. Por eso la X no suena igual. Porque tampoco nosotros sonamos igual. En México, decir «equis» es decir: no importa. Da igual. La letra que simboliza lo desconocido terminó significando indiferencia. Les juro que estoy sobrio.
La conseja de hoy:
Aprendamos de la equis, que, después de la i y la ele, es una de las letras con el trazo más sencillo. Es adaptable y misteriosa, pero nunca deja de ser la X, una de las letras más mexicanizadas. Y como dice la chaviza: «Equis, somos chavos».


