Vigencia de Daniel Cosío Villegas

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RETRATOS HABLADOS

Publicado hace 52 años, en 1974, El Estilo Personal de Gobernar, de Daniel Cosío Villegas, es actual, dramáticamente actual en México, porque aún cuando el saco fue confeccionado especialmente para el entonces presidente, Luis Echeverría Álvarez, sus tesis central, en la que puntualizó la gravedad de que los defectos de un mandatario se conviertan en características del sistema mismo, y sus patologías en patologías del gobierno, solo puede derivar en un diagnóstico: el universo mismo del poder padece ese mal.

La herencia de Cosío Villegas no es solo historiográfica, sino un manual de patología política que hoy recobra una vigencia escalofriante frente al panorama nacional.

En su obra, El sistema político mexicano, el autor desnudó una estructura donde el poder no reside en las instituciones, sino en la voluntad caprichosa.

Esa enfermedad, que él diagnosticaba como una hipertrofia de la figura presidencial, parece haber mutado hoy en un absolutismo de corte místico y popular.

López Obrador no sólo utilizó el sistema, sino que lo estiró hasta fracturar sus pilares básicos, dejando una estructura que obedece a un solo hombre.

En La sucesión presidencial, Cosío Villegas advertía que el gran peligro de México era el «presidencialismo sin límites», una fuerza que termina por devorarlo todo. Hoy vemos cómo los defectos personales del líder se han traslapado al tejido del Estado, convirtiendo la polarización en una política pública y oficial.

Esa patología que el autor describía en Echeverría —el habla incesante, la intolerancia a la crítica y el mesianismo— ha retornado con una potencia renovada.

El sistema no está solo enfermo; está sufriendo una metamorfosis hacia una hegemonía que desprecia el contrapeso técnico y la pluralidad democrática.

Al analizar La sucesión presidencial: desenlaces y perspectivas, encontramos la clave del drama que hoy enfrenta la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo. Cosío Villegas explicaba que López Portillo tuvo que romper con Echeverría porque el poder absoluto es, por definición, indivisible y celoso de su sombra.

Si el sucesor no corta el cordón umbilical, se convierte en un simple apéndice, invalidando la función misma del mando y hundiendo al país en el caos. La lealtad en política tiene un límite biológico y funcional: el momento en que el antecesor estorba la viabilidad de la supervivencia del nuevo régimen.

Sheinbaum se encuentra ante la disyuntiva histórica que Cosío Villegas planteó con tanta lucidez en sus agudas y reflexivas Memorias institucionales.

¿Puede salvar al sistema de una muerte inminente si continúa operando bajo la sombra de un testamento político dictado desde la mítica «Chingada»?

La salvación del sistema político mexicano depende de una cirugía mayor que separe el proyecto de nación de la personalidad narcisista del creador. Si no hay un rompimiento técnico y administrativo, el sistema morirá asfixiado por el peso de una nostalgia autoritaria que ya no admite realidades.

López Obrador dejó un sistema moribundo en términos de institucionalidad, transparencia y división de poderes, priorizando el símbolo sobre la sustancia real. Cosío Villegas diría que el «estilo personal» ha terminado por devorar la ley, dejando a la sucesora un campo minado de promesas y deudas impagables.

La pregunta no es si ella quiere salvar al sistema, sino si el sistema aún tiene órganos vitales que no hayan sido corrompidos por el culto a la imagen. El rompimiento necesario no es solo una traición personal, es un acto de higiene republicana indispensable para que México no caiga en el abismo total.

Para Claudia Sheinbaum, la lección de 1976 es clara: el poder que se comparte con un antecesor omnipresente termina por anular la autoridad de quien gobierna.

El diagnóstico de Cosío Villegas sigue siendo el mismo: un sistema enfermo de personalismo solo se cura mediante la restauración del equilibrio institucional.

Si la presidenta decide ser la guardiana de una herencia enferma, terminará siendo la partera de un régimen que nacerá muerto ante la modernidad global.

El destino de México pende de ese hilo delgado entre la continuidad sumisa y la ruptura valiente que Daniel Cosío Villegas exigió a los hombres de poder.

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