RETRATOS HABLADOS
Hasta donde podemos observar, todo el mes de enero, en el arranque del año 2026, estará lleno de trampas, complicaciones y zozobra. Simplemente no habrá seguridad de nada, porque el personaje que en un principio parecía curioso con su rostro anaranjado, sus fanfarronerías de niño malcriado, ya probó que puede hacer una y mil rabietas sin que nadie lo pueda controlar, y mucho menos hacerle rendir cuentas.
Sí, el asunto de Venezuela con su dictadorcillo hoy preso, prendió las alertas, pero al final de cuentas no se trata, todavía, de una guerra en todo el sentido de la palabra, aunque sí un aviso claro de lo que es capaz un sujeto que ha perdido la razón, y es aplaudido por quienes no se atreven a decirle no, pese a las consecuencias que puede haber para el mundo.
Cada época es correspondida con un personaje de este tipo, cada generación acumula desencantos, hasta caer en una pendiente que solo puede llevar a la perdición, con líderes llenos de estulticia, simétrica a la de sus seguidores.
Resulta pues evidente que, en este escenario, al que no es ajeno México, y para ello basta seguir las polémicas de diputados y senadores del oficialismo y la oposición: ya no gana la razón, la eventual reflexión, sino la agresividad que aparezca de cada uno de los lados opuestos de la mesa, donde el único objetivo es destruir al otro.
Gana irse en montón contra uno, luego contra el otro, y emitir votos para hacer lo que manda el líder que logra imponer su voluntad cual Cid Campeador, no muerto, pero sí en supuesto ostracismo político.
Gana la estupidez que se transfiere a las nuevas modalidades de la comunicación, no todas por supuesto, sí muchas, donde ahora el entrevistador, el moderador (si así se le puede llamar) es la estrella, el que reta y rompe documentos, el que hasta guía espiritual puede ser, porque nadie como él, nadie para destazar en vivo y directo al que se le pone enfrente, que para eso es el justiciero, el que, desde ahora, y para siempre, exige como heredero legítimo la memoria de Carlos Denegri.
Así que la enfermedad de Trump es contagiosa, porque siempre ha existido, porque la historia se repite y engendra engendros de esta calaña, para que la rueda de la pobre existencia humana pueda dar una nueva vuelta.
El ejercicio político, el real, el que de alguna manera aceptó la ciudadanía hasta antes de que pasara lo que hoy vemos, sin duda debe salvarse de esta podredumbre que observamos. Pero es muy posible que nunca podamos ver ese nuevo renacer, porque además de todo es generacional, y aunque quisiéramos no llegaríamos a esa nueva vuelta de tuerca.
En tanto, aprendamos, de ser posible, algo de esta dramática realidad, en la que no son sabios, ni filósofos los que gobiernan el mundo. Son lo peor de una humanidad doliente que camina sin rumbo y sin destino.
Mil gracias, hasta mañana.



