LAGUNA DE VOCES
Puede que sea una lámpara en manos de un Dios niño, o niño Dios, que para el caso es lo mismo. Las primeras semanas de febrero gusta usarla para alumbrar sus pasos en el firmamento, y solo los que detienen su paso por las calles de la ciudad, tienen la oportunidad de mirar el rastro que deja en cada esquina cuando todos regresan a sus casas en avenidas y bulevares, donde no pasa ni una hora, para que algunas de las pequeñas hormigas que corren endiabladas, deciden enfrentarse a puñetazos, porque una lo miró feo desde su bólido, y otra cruzó su motocicleta repartidora de alimentos a la hormiga de carro lujoso, y por lo tanto con los atributos para pedir de la pendenciera su vida, que vale poco menos que el rayón a la pintura lustrosa de su vehículo.
Desde el cielo oscuro, se puede ver la luz única y hermosa que el Dios niño dirige a La Tierra para sorpresa de las pequeñas, pequeñísimas hormigas que a veces dejan pasar años incluso, para volver a levantar la vista y darse cuenta que su camino es alumbrado hasta en noches terribles cuando la suerte está echada a la perdición.
Es perfecta y redonda, de una blancura absoluta, de nubes que se cruzan en la escena perfecta y única, donde representan el dolor, la nostalgia por lo perdido, la tristeza que de repente hace tan pesado el caminar, el respirar. Pero esplendorosa, reluciente, como recién bañada en las aguas del mar, la luna se trepa en el lugar exacto del cielo nocturno, y entonces hace que, por fin, no sea el piso lleno de tierra y suciedad la única visión de las pequeñas hormigas, sino el firmamento, el universo mismo, del que cuelga una perla que siempre ha sido la misma.
Algunos detienen sus carros y buscan a toda costa estamparla en sus cámaras del teléfono, la mayoría de las veces sin suerte, hasta que piensan y descubren que se aparece en vivo y ante todos para eso, para que la vean, para que sepan la buena nueva de que todavía hay una oportunidad, la de ese instante, y si la aprovechan simplemente deben enfocar no la lente de la tecnología, sino de sus almas, y disfrutar, simplemente respirar, simplemente mirar, mirar y volver a mirar.
Admírate, en una pantallita no sirve para hacer renacer la admiración por este diminuto mundo en que vivimos, pero al fin casa nuestra, con esa lámpara hermosa y única del Dios niño que sale a pasear en noches de insomnio, y alumbra sus pasos con la perla que cuelga en sus manos.
Y sí, también acompaña a los que dejan su último suspiro en las noches de hospital, cuando finalmente se esfuma la esperanza de seguir en estas tierras terrenales, pero al ver el camino de plata que se les ofrece, caminan con la felicidad en sus ojos, y entonces llega la absoluta y definitiva verdad a sus deudos, de que caminaron alegres al encuentro de la vida real, que, por supuesto no es esta, donde todavía estamos.
Ayer, luego de ir a ver a mi hermano en el panteón de Pachuca, y cerrar su oficina en el periódico donde siempre le digo hasta mañana, miré el cielo, luminoso, único, y a dos años de su partida, estoy seguro que miraba con cariño y amor a sus hijos, su esposa, sus hermanos, a todos los que siempre quiso y lo quisieron, y le pidió al niño que camina con la hermosa lámpara que es la luna, alumbrara un rato el camino de los que lo recordamos, y a veces hasta lo saludamos, como casi todos los días de nuestra existencia.
Mil gracias, hasta mañana.
@JavierEPeralta